La aventura del tres cuartos desaparecido (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Puede decirle a su patrón, lord Mount-James, que no quiero tener ningún trato ni con él ni con sus agentes. ¡No, señor, ni una palabra más! -hizo sonar con furia la campanilla-. John, indíqueles a estos caballeros la salida.
Un pomposo mayordomo nos acompañó con aire severo hasta la puerta y nos dejó en la calle. Holmes estalló en carcajadas.
-No cabe duda de que el doctor Leslie Armstrong es un hombre con energía y carácter ­dijo-. No he conocido otro más capacitado, si orientase su talento por ese camino, para llenar el hueco que dejó el ilustre Moriarty. Y aquí estamos, mi pobre Watson, perdidos y sin amigos en esta inhóspita ciudad, que no podemos abandonar sin abandonar también nuestro caso. Esa pequeña posada situada justo enfrente de la casa de Armstrong parece adaptarse de maravilla a nuestras necesidades. Si no le importa alquilar una habitación que dé a la calle y adquirir lo necesario para pasar la noche, puede que me dé tiempo a hacer algunas indagaciones.
Sin embargo, aquellas indagaciones le llevaron mucho más tiempo del que Holmes había imaginado, porque no regresó a la posada hasta cerca de las nueve. Venía pálido y abatido, cubierto de polvo y muerto de hambre y cansancio. Una cena fría le aguardaba sobre la mesa, y cuando hubo satisfecho sus necesidades y encendido su pipa, adoptó una vez más aquella actitud semicómica y absolutamente filosófica que le caracterizaba cuando las cosas iban mal. El sonido de las ruedas de un carruaje le hizo levantarse a mirar por la ventana. Ante la puerta del doctor, bajo la luz de un farol de gas, se había detenido un coche tirado por dos caballos tordos.
-Ha estado fuera tres horas -dijo Holmes-. Salió a las seis y media, y ahora vuelve. Eso nos da un radio de diez o doce millas, y sale todos los días, y algunos días dos veces.
-No tiene nada de extraño en un médico.
-Pero, en realidad, Armstrong no es un médico con clientela. Es profesor e investigador, pero no le interesa la práctica de la medicina, que le apartaría de su trabajo literario. Y siendo así, ¿por qué hace estas salidas tan prolongadas, que deben resultarle un fastidio, y a quién va a visitar?
-El cochero...
-Querido Watson, ¿acaso puede usted dudar de que fue a él a quien primero me dirigí? No sé si sería por depravación innata o por indicación de su jefe, pero se puso tan bruto que llegó a azuzarme un perro.

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