La aventura del tres cuartos desaparecido (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-¿Usted cree? No es tan fácil como usted piensa. No conoce usted el paisaje de la región de Cambridge, ¿verdad que no? Se presta muy mal al ocultamiento. Toda la zona que he recorrido esta noche es llana y despejada como la palma de la mano, y el hombre al que queremos seguir no es ningún idiota, como ha demostrado sin ningún género de dudas esta noche. He telegrafiado a Overton para que nos transmita a esta dirección cualquier novedad que surja en Londres, y mientras tanto, lo único que podemos hacer es concentrar nuestra atención en el doctor Armstrong, cuyo nombre pude leer, gracias a aquella señorita tan atenta de Telégrafos, en el resguardo del mensaje urgente de Staunton. Armstrong sabe dónde está el joven, podría jurarlo...; y si él lo sabe, será fallo nuestro si no llegamos a saberlo también nosotros. Por el momento, hay que reconocer que nos va ganando por una baza, y ya sabe usted, Watson, que
no tengo por costumbre abandonar la partida en esas condiciones.
Sin embargo, el nuevo día no nos acercó más a la solución del misterio. Después del desayuno llegó una carta que Holmes me pasó con una sonrisa. Decía así:
Señor:
Puedo asegurarle que está usted perdiendo el tiempo al seguir mis movimientos. Como tuvo ocasión de comprobar anoche, mi coche tiene una ventanilla en la parte de atrás, y si lo que quiere es hacer un recorrido de veinte millas que le acabe dejando en el mismo punto 9 de donde salió, no tiene más que seguirme. Mientras tanto, puedo informarle de que espiándome a mí no ayudará en nada al señor Godfrey Staunton, y estoy convencido de que el mejor servicio que podría usted hacerle a dicho caballero sería regresar inmediatamente a Londres y comunicarle al que le manda que no ha logrado encontrarlo. Desde luego, en Cambridge pierde usted el tiempo. Atentamente,
Leslie ARMSTRONG.
-Un antagonista honrado este doctor, y sin pelos en la lengua -dijo Holmes-. Caramba, caramba. Ha conseguido excitar mi curiosidad y no lo soltaré sin haber averiguado más.
-Ahora mismo tiene el coche en la puerta -dije yo-. Está subiendo a él. Le he visto mirar hacia nuestra ventana. ¿Y si probara yo suerte con la bicicleta?
-No, no, querido Watson. Sin ánimo de menospreciar su inteligencia, no me parece que sea usted rival para el ilustre doctor.

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