La aventura del tres cuartos desaparecido (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Pensé en aquella única debili­dad de su carácter y me temí lo peor al ver brillar el instrumento en su mano. Pero él se rió de mi expresión de angustia y dejó la jeringuilla en la mesa.
-No, no, querido compañero, no hay motivo de alarma. En esta ocasión, esta jeringuilla no será un instrumento del mal, sino que, por el contrario, será la llave que nos abra las puertas del misterio. En ella baso todas mis esperanzas. Acabo de regresar de una pequeña exploración y todo se presenta favorable. Desayune bien, Watson, porque hoy me propongo seguir el rastro del doctor Armstrong y, una vez sobre la pista, no me pararé a comer ni a descansar hasta verlo entrar en su madriguera.
-En tal caso -dije yo-, más vale que nos llevemos el desayuno, porque hoy parece que sale más temprano. El coche ya está en la puerta.
-No se preocupe. Déjele marchar. Muy listo tendrá que ser para meterse por donde yo no pueda seguirle. Cuando haya terminado, baje conmigo al patio y le presentaré a un detective que es un eminente especialista en el tipo de tarea que nos aguarda.
Cuando bajamos, seguí a Holmes a los establos. Una vez allí, abrió la puerta de una caseta e hizo salir a un perrito blanco y canelo, de orejas caídas, que parecía un cruce de sabueso y zorrero.
-Permítame que le presente a Pompey -dijo-. Pompey es el orgullo de los rastreadores del distrito. No es un gran corredor, como se deduce de su constitución, pero jamás pierde un rastro. Bien, Pompey, aunque no seas muy veloz, me temo que serás demasiado rápido para un par de maduros caballeros londinenses, así que voy a tomarme la libertad de sujetarte por el collar con esta correa. Y ahora, muchacho, en marcha: enséñanos lo ´ que eres capaz de hacer.
Cruzamos la calle hasta la puerta del doctor. El perro olfateó un instante a su alrededor y, con un agudo gemido de excitación, salió disparado calle abajo, tirando de la correa para avanzar más deprisa. Al cabo de media hora, habíamos dejado atrás la ciudd y recorríamos a paso ligero una carretera rural.
-¿Qué ha hecho usted, Holmes? -pregunté.
-Un truco venerable y gastadísimo, pero que resulta muy útil de cuando en cuando. Esta
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mañana me metí en las cocheras del doctor y descargué mi jeringa, llena de esencia de anís, en una rueda trasera de su coche.

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