La aventura del tres cuartos desaparecido (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Un perro de caza puede seguir el rastro del anís de aquí al fin del mundo, y nuestro amigo Armstrong tendría que conducir su coche por el río Cam para quitarse de encima a Pompey. ¡Ah! ¡Qué granuja más astuto! Así es como me dio esquinazo la otra noche.
El perro se había salido de pronto de la carretera principal para meterse por un camino cubierto de hierba. A una media milla de distancia, el camino desembocaba en otra carretera ancha, v el rastro torcía bruscamente a la derecha, en dirección a fa ciudad que acabábamos de abandonar. Al sur de la
población, la carretera formaba una curva y continuaba en dirección contraria a la que habíamos tomado al partir.
-De manera que este rodeo iba dedicado exclusivamente a nosotros, ¿eh? -dijo Holmes-. No me extraña que mis indagaciones en todos esos pueblos no condujeran a nada. Desde luego, el doctor se está empleando a fondo en este juego, y me gustaría conocer las razones de tanto disimulo. Ese pueblo de la derecha debe de ser Trumpington. Y... Por Júpiter! ¡Ahí vie-ne el coche, doblando la esquina! ¡Rápido, Watson, rápido, o estamos perdidos!
De un salto, Holmes se metió por un portillo que daba a un campo, arrastrando tras él al indignado Pompey. Apenas habíamos tenido tiempo de ocultarnos detrás del seto cuando el carruaje pasó traqueteando delante de nosotros. Tuve una fugaz visión del doctor Armstrong en su interior, con los hombros caídos v la cabeza hundida entre las manos, convertido en la viva imagen del desconsuelo. La expresión seria del rostro de mi compañero me hizo comprender que también él lo había visto.
-Empiezo a temer que nuestra investigación tenga un mal final -dijo-. No tardaremos mucho en saberlo. ¡Vamos, Pompey! ¡Ajá, es esa casa de campo!
No cabía duda de que habíamos llegado al final de nuestro viaje. Pompey daba vueltas y vueltas, gimoteando ansiosamente frente al portillo, donde aún se distinguían las huellas del coche. Un sendero conducía hasta la solitaria casita. Holmes ató el perro al seto y avanzamos presurosos hacia ella. Mi amigo llamó a la rústica puertecita y volvió a llamar sin obtener res­puesta. Sin embargo, la casa no estaba vacía, porque a nuestros oídos llegaba un sonido apagado..., una especie de monótono gemido de dolor y desesperación, indescriptiblemente melancólico. Holmes vaciló un instante y luego se volvió a mirar hacia la carretera que acabábamos de recorrer.

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