La aventura del tres cuartos desaparecido (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Por ella venía un coche, cuyos caballos tordos resultaban inconfundibles.
-¡Por Júpiter, ahí vuelve el doctor! -exclamó Holmes-. Esto decide la cuestión. Tenemos que averiguar qué ocurre antes de que llegue.

Abrió la puerta y penetramos en el vestíbulo. El sordo rumor sonó con más fuerza, hasta convertirse en un largo y angustioso lamento. Venía del piso alto. Holmes se lanzó escaleras arriba, v yo subí tras él. Abrió de un empujón una puerta entornada y los dos nos quedamos inmóviles de espanto ante la escena que teníamos delante.
Una mujer joven v hermosa vacía muerta sobre la cama. Su rostro pálido y sereno, con ojos azules muy abiertos y apagados, miraba hacia arriba entre una abundante mata de cabe­llos dorados. Al pie de la cama, medio sentado, medio arrodillado, con el rostro hundido en la colcha, había un joven cuyo cuerpo se estremecía en constantes sollozos. Se encontraba tan inmerso en su pena que ni siquiera levantó la mirada hasta que Holmes le puso la mano en el hombro.
-¿Es usted el señor Godfrey Staunton?
-Sí..., sí..., pero llegan ustedes tarde. ¡Ha muerto!
El pobre hombre estaba tan aturdido que sólo se le ocurría pensar que nosotros éramos médicos enviados en su ayuda. Holmes estaba intentando pronunciar unas palabras de consuelo y explicarle la inquietud que su repentina desaparición había provocado entre sus amigos, cuando se oyeron pasos en la es­calera, y el rostro macizo, severo y acusador del doctor Armstrong apareció en la puerta.
-Bien, caballeros -dijo-. Ya veo que se han salido con la suya, y no cabe duda de que han elegido un momento particularmente delicado para su intrusión. No me gusta armar alboroto en presencia de la muerte, pero les aseguro que si yo fuera más joven, su monstruoso comportamiento no quedaría impune.
-Perdone, doctor Armstrong, creo que ha habido un pequeño malentendido -dijo mi amigo con dignidad-. Si quisiera usted venir abajo con nosotros, tal vez podríamos aclararnos el uno al otro las circunstancias de este doloroso asunto.

Un minuto más tarde, el severo doctor se encaraba con nosotros en el cuarto de estar de la planta baja.
-¿Y bien, caballero? -dijo.
-En primer lugar, quiero que sepa que no trabajo para lord Mount-James y que mis simpatías en este asunto están por completo en contra de ese noble señor. Cuando desaparece una persona, mi deber es averiguar qué le ha ocurrido; pero una vez que lo he hecho, el caso está concluido por lo que a mí concierne.

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