La caja de cartón (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Tenemos muchas esperanzas de aclarar el asunto, pero toparnos con la pequeña dificultad de no tener nada en que basarnos. Hemos telegrafiado, por supuesto, a la oficina de correos de Belfast, pero aquel día fueron entregados una gran cantidad de paquetes y no hubo manera de identificar a este en particular,
o de acordarse del remitente. La caja, de las de media libra de tabaco negro, tampoco nos facilita nada la identificación. La hipótesis del estudiante de medicina sigue pareciéndome la más plausible, pero si usted dispusiera de unas cuantas horas libres me alegraría mucho verlo por aquí.
Estaré en casa todo el día o en la comisaría de policía.
-¿Qué le parece, Watson? ¿Puede usted sobreponerse al calor y venirse conmigo a Croydon ante la remota posibilidad de un nuevo caso para sus anales?
-Estaba impaciente por hacer algo.
-Lo tendrá entonces. Llame a nuestro botones y dígale que pida un coche.
Volveré en seguida, cuando me haya quitado el batín y llenado mi petaca.
Mientras íbamos en el tren cayó un aguacero y por tanto en Croydon el calor era mucho menos sofocante que en la ciudad. Holmes había enviado un telegrama, de modo que Lestrade, tan enjuto, tan atildado, y tan husmeador como siempre, nos esperaba en la estación. Un paseo de cinco minutos nos condujo hasta Cross Street, donde residía la señorita Cushing.
Era una calle muy larga con casas de ladrillo de dos pisos, limpias y bien cuidadas, con sus peldaños de piedra blanqueada y en las puertas pequeños grupos de mujeres con delantal cotilleando. A medio camino Lestrade se detuvo y llamó a una de las puertas, que abrió una joven criada. La señorita Cushing estaba sentada en el salón, al que nos hizo pasar. Era una mujer de rostro apacible, ojos grandes y dulces, y pelo entrecano que se curvaba sobre ambas sienes. Un recargado antimacasar yacía sobre su regazo y junto a ella, encima de un taburete, había una cesta de sedas de colores.
-Esas cosas horribles están en la dependencia anexa -dijo ella cuando entró Lestrade-. Me gustaría que se las llevara.
-Eso haré, señorita Cushing. Las guardé ahí hasta que mi amigo, el señor Holmes, las
hubiera visto en su presencia. -¿Por qué en mí presencia, señor? -Por si deseaba hacerle a usted alguna pregunta.
-¿Para qué iba a hacerme preguntas si le digo que no sé nada en absoluto acerca del asunto?

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