El caso de los siete relojes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-¡Querido compañero! ¿Quiere usted decir que me hallaba sobrestimulado por el vino?
Mi amigo me miró de manera singular.
-No por el vino quizá -dijo-. Sin embargo... -e indicó los diarios-. ¿Ha echado usted una ojeada sobre la jeringonza con que la prensa nos regala?
-Temo que no. Este artículo del British Medical Journal...
-¡Bien, bien!, -dijo-. Aquí hallamos columna tras columna dedicada a la próxima temporada de carreras. Por alguna razón parece asombrar perpetuamente al público inglés el que un caballo pueda correr mas velozmente que otro. De nuevo, y por undécima vez, tenemos a los nihilistas fraguando alguna negra conspiración contra el Gran Duque Alexei, en Odesa. Un artículo de fondo está consagrado por entero a la indudablemente aguda cuestión: «¿Deben casarse los dependientes del comercio?»
Me abstuve de interrumpirlo, para no aguijonear su mordacidad.
-¿Dónde está el crimen Watson? ¿Dónde esta la fantasía, dónde ese toque de lo outré* sin el cual un problema en sí es como arena y hierba seca? ¿Acaso los hemos perdido para siempre?
-¡Escuche! -dije de pronto-. ¿No ha sonado la campanilla?
-Y se trata de alguien que por cierto lleva prisa a juzgar por el clamor.
Al unísono nos dirigimos a la ventana y miramos a la Calle Baker. La niebla habíase levantado en parte. Junto a la cera de nuestra puerta, se hallaba parado un elegante carruaje. En aquel preciso instante, un cochero de sombrero de copa y librea, estaba cerrando la portezuela, en cuyo lustroso panel aparecía distintamente una «M» dorada. Desde abajo nos llegó el murmullo de voces, seguido por rápidos y ligeros pasos en la escalera interior, y la puerta de nuestra sala se abrió de par en par.
*Francés: exagerado.
Creo que ambos nos sorprendimos al ver que nuestra visitante era una joven damita; digamos más bien una muchacha, pues apenas contaría unos dieciocho años; y raras veces había yo visto reunido en un rostro juvenil tanta hermosura y gentileza, así como sensibilidad. Su abundante cabello rojizo había sido confinado bajo un sombrerito, y sobre su vestido de viaje llevaba puesto un chaquetón granate, adornado con tiras de astracán. En una de sus enguantadas manos sostenía un maletín de viaje con las iniciales «C.F.», en una especie de marbete. Su otra mano se hallaba posada sobre el pecho, como oprimiendo su corazón.
-¡Oh, por favor.

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