El caso de los siete relojes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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..! ¡Perdonen, por favor, esta intrusión!
-rogó con entrecortada aunque suave y melodiosa voz-. ¿Quién de ustedes, se lo ruego, es Mr. Sherlock Holmes?
Mi compañero inclinó la cabeza.
-Yo soy Mr. Holmes. Este es mi amigo y colega el doctor Watson.
-¡Gracias a Dios que lo he encontrado en casa! El objeto de mi visita...
Pero la recién llegada no pudo continuar. Balbució algo, un intenso rubor se extendió sobre su rostro, y bajó los ojos. Suavemente, Sherlock Holmes tomó el maletín de viajes de sus manos y empujó un sillón hacia la chimenea.
-Le ruego que tome asiento, señora y se sosiegue -dijo, dejando a un lado su pipa.
-Se lo agradezco, Mr. Holmes -respondió la joven, encogiéndose en el sillón y lanzándole a mi amigo una mirada de gratitud-. Se dice, señor, que puede usted leer en el corazón humano...
-¡Hum! Para el lirismo, temo que tenga usted que dirigirse a Watson.
-...Qué puede usted leer los secretos de sus clientes, y hasta lo que los trae donde usted, incluso antes de que aquellos, hayan dicho una sola palabra.
-Sobreestiman mis facultades -respondió Holmes-. Aparte de los hechos obvios de que usted es una dama de compañía, de que apenas ha viajado, aunque regresó recientemente de una estancia en Suiza y de que el asunto que aquí la trae concierne a un hombre que ha ganado su afecto, no puedo decir nada.
La joven damita se sobresaltó visiblemente, y yo mismo quedé desconcertado.
-¡Holmes! -no pude menos de exclamar-. ¡Esto es demasiado! ¿Cómo le ha sido posible saberlo?
-¡Sí! ¿De qué manera? -dijo como en un eco la damita desconocida.
-Lo he visto. Lo he observado. El maletín de viaje, aunque dista de ser nuevo, no aparece gastado ni estropeado por los viajes. Por lo demás, no necesita insultar su inteligencia, Watson, llamándole la atención sobre la etiqueta del «Hotel Splendide», de Grindelwald, Suiza, pegada con goma en una de las esquinas del maletín.
-Pero, ¿y los otros detalles? -insistí.
-El atavío de la señorita, aunque de gusto impecable, no es ni nuevo ni suntuoso. Sin embargo, ha parado en el mejor hotel de Grindelwald y ha venido aquí en un coche de categoría. Puesto que sus propias iniciales «C.F.», no concuerdan con la «M» inscrita en el carruaje, podemos suponerla desempeñando un puesto de confianza en casa de alguna familia acomodada.

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