El caso de los siete relojes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-En la carta, ha dicho usted... -, confirmó él más que preguntó.
-¡Sí! Usted escribió aquella carta. Vi su firma. Es por esta razón que estoy aquí.
-¡Válgame Dios! -observó Holmes. Permaneció silencioso durante unos minutos, envuelto en el humo azul de su pipa y con la mirada fija y como ausente, posada sobre el reloj de la repisa.
-Hay ocasiones, Miss Forsythe -dijo por fin-, en las que uno debe reservarse sus respuestas. Sólo tengo una pregunta más que hacerle.
-Diga, Mr. Holmes.
-A pesar de todo, ¿mantuvo Lady Mayo su amistad con Mr. Charles Hendon?
-¡Oh, sí! Incluso intimó mayormente con él. Más de una vez la oí que lo llamaba Alec... seguramente era un apelativo intimo... -Miss Forsythe hizo una pausa, con aire de duda y hasta de sospecha- ¿Qué es lo que ha querido usted dar a entender con esa pregunta?
Holmes se puso en pie.
-Tan sólo, señorita, que me agradará mucho intervenir, en este asunto por usted. Según tengo entendido, usted regresa a Groxton Low Hall esta noche...
-Sí. Pero seguramente usted tiene otras cosas que decirme además de esto... ¡Aún no ha contestado a ninguna de mis preguntas!
-¡Bien, bien...! Tengo mis métodos, conforme Watson puede decirle. Pero, ¿le parecería conveniente acudir aquí, pongamos por caso, dentro de una semana, a partir de hoy, a las nueve de la noche? Gracias. Espero tener entonces algunas noticias para usted.
Era claramente una despedida. Miss Forsythe se puso en pie y lo miró con tal aire de desamparo, que yo sentí la necesidad de prodigarle alguna palabra de consuelo.
-¡Cobre ánimo, señorita! -exclamé, tomando suavemente su mano entre las mías-. Debe usted depositar toda su confianza en mi amigo Mr. Holmes y, si puedo decir esto, también en mi.
Fui recompensado con una graciosa y agradable sonrisa. Cuando la puerta se cerró tras nuestra bella visitante, me volví hacia mi compañero y no pude menos de decirle con alguna aspereza:
-Me parece, Holmes, que debía haber tratado a esa joven dama con más simpatía.
-¡Hola! ¿Sopla el viento de ese lado?
-¡Holmes, qué vergüenza! -dije, dejándome caer en mi silla-. El asunto es trivial, no lo dudo. Pero lo que no llego a comprender es porqué le escribió usted una carta a ese loco romperrelojes.
Holmes se inclinó posando su largo y flaco dedo índice sobre mi rodilla.

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