El caso de los siete relojes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-Watson, yo no escribí aquella carta.
-¿Qué? -exclamé.
-¡Tate, no es la primera vez que de mi nombre se han apropiado otros! Concurre en este caso una maquinación diabólica, Watson, o mucho me equivoco.
-¿Lo toma usted en serio, pues?
-Tan en serio, que esta misma noche parto para el Continente.
-¿Para el Continente? ¿Para Suiza, acaso?
-No, no ¿qué tenemos que hacer en Suiza? Nuestra pista está muy lejos de allí.
-¿Sin duda es eso evidente?
-¡Mi querido Holmes!...
-No obstante, casi todos los datos los tiene ante usted, y como yainformé a Miss Forsythe, usted conoce mis métodos. ¡Úselos pues Watson!¡Úselos!
Los primeros reverberos titilaban ya a través de la niebla en la Calle Baker, cuando los sencillos preparativos de mi amigo quedaron ultimados. Alto y tocado con su gorro de orejeras y visera, echada sobre los hombros su amplia y larga capa, teniendo a sus pies su maletín de viaje, se detuvo en el pasillo que daba a la sala, mirándome con fijeza singular.
-Una última palabra, Watson, puesto que aún no parece ver usted claro. Le recuerdo que Mr. Charles Hendon no puede soportar el son...
-¡Pero si eso está claro suficientemente! ¡No puede soportar la vista de un reloj!
Holmes movió la cabeza denegando.
-No es precisamente esto -dijo-. Le llamo a usted la atención sobre los otros cinco relojes, según el relato de su criado.
-¡Mr. Charles Hendon no destrozó esos relojes!
-Precisamente es por esto que llamo su especial atención sobre ellos. ¡Hasta las nueve de la noche, dentro de una semana a partir de hoy, Watson!
Un momento después, me hallaba solo.
Durante la melancólica semana que siguió a aquellos acontecimientos, me distraje lo mejor que pude. Jugué al billar con Thurston. Fumé muchas pipas, y reflexioné sobre las notas que había tomado del caso Hendon. Uno no se asocia durante algunos años con Sherlock Holmes, sin llegar a ser más observador que la mayoría de las personas. Me parecía que algún oscuro y siniestro peligro se hallaba suspendido sobre aquella damita Miss Forsythe y no confiaba ni en el apuesto Charles Hendon, ni en la enigmática Lady Mayo.
El miércoles 23 de noviembre, regresó mi esposa con la grata noticia de que nuestros asuntos estaban en mejor orden y de que pronto podría yo hacerme con alguna clientela.

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