El caso de los siete relojes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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El cochero, rígidamente erecto, ocupaba su puesto en el pescante, tan inmóvil como la dama de edad madura que se sentaba en la parte trasera y que nos contempló con pétrea fijeza cuando nos acercamos.
Miss Forsythe comenzó a hablar anhelante, pero la dama, que iba envuelta en pieles y tenía una prominente nariz, alzó la mano para detenerla.
-¿Mr. Sherlock Holmes? -preguntó con voz extraordinariamente profunda y musical-. Y este otro caballero supongo que el doctor Watson. Yo soy Lady Mayo.
Durante un instante nos escrutó con un par de ojos singularmente agudos y penetrantes.
-Hagan el favor de subir al landó -continuó-, y abríguense lo más que puedan con las mantas. Deploro la necesidad de ofrecerles un coche abierto en noche tan fría; pero la afición de mi cochero a conducir velozmente -y señaló al auriga, quien encorvó la espalda-, ha contribuido a quebrar el eje del coche cerrado. ¡Al Hall, Billings! ¡Date prisa!
Restalló el látigo. Con un molesto bamboleo de las ruedas traseras, nuestro landó fue arrastrado, al vivo trote de sus caballos, a lo largo de una angosta senda bordeada de un puntiagudo vallado de setos y esqueléticos árboles.
-¡Santo Dios, Mr. Holmes! -exclamó Lady Mayo-. ¡No me acordaba de que ya soy muy vieja! Mi juventud fue la época de conducir velozmente, ay, y de vivir aprisa, también.
-¿Fue también la época de morir pronto? -preguntó mi amigo-. ¿De una muerte, por ejemplo, como la que puede sorprender a nuestro amigo Charles Hendon esta noche?
Los cascos de los caballos resonaban en el helado camino.
-Creo, Mr. Sherlock Holmes -dijo la dama sosegadamente-, que usted y yo nos comprendemos.
-Estoy seguro de ello, Lady Mayo. Pero no ha respondido usted a mi pregunta.
-No tema, Mr. Sherlock Holmes. Ahora él está a salvo.
¿Está usted segura de esto?
-¡Le digo que está completamente a salvo! Hay ronda de vigilancia en el parque Groxton Low Hall, y la casa está custodiada. No pueden atacarla.
Aun hoy no sabría decir si mi un tanto explosiva intervención fue causada por el rápido deslizarse del landó, por el ímpetu del viento que nos azotaba las orejas, o por la enloquecedora naturaleza del problema en sí. Lo cierto es que dije:
-Perdone la brusquedad de un viejo veterano que no tiene adecuadas respuestas para nada.

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