El caso de los siete relojes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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¡Crack!, hizo el látigo del cochero, y los setos parecieron tan irreales como en un sueño. Holmes y yo nos hallábamos sentados de espaldas al cochero y vis-a-vis de los rostros, bañados por la luz de la luna, de Lady mayo y Celia Forsythe.
-¡Holmes, todo se ha hecho claro como el cristal! ¿Es por ello por lo que el joven no puede soportar la vista de un reloj?
-¡No, Watson, no! ¡El sonido de un reloj!
-¿El sonido?
-Precisamente el sonido. Cuando traté decírselo a usted, su nativa impaciencia me cortó en seco a la primera sílaba. En las dos ocasiones que él destruyó un reloj en público, téngalo presente, de ninguna manera podía ver el reloj. Una de las veces, cual Miss Forsythe nos informó nos informó, el reloj estaba escondido entre un marco de verdor; la otra, detrás de la cortina. Con sólo oír aquel significativo tic-tac, los vapuleó antes de que tuviese siquiera tiempo de pensarlo. Su propósito, naturalmente, era hacerlos añicos, sacándole las tripas a lo creía ser una bomba.
-Pero seguramente -objeté-, aquellos bastonazos también pudieron haber hecho estallar la bomba.
De nuevo se encogió de hombros Holmes.
-De haberse tratado de una bomba verdadera, ¿quién puede decirlo? Aunque estando protegida por una envoltura de hierro, lo creo dudoso. En cualquier caso, nos hallamos ante un caballero muy valiente, obsesionado y también receloso, que se abalanza y golpea a ciegas. No es antinatural que el recuerdo de la muerte de su padre, y el saber que la misma organización sigue sus pasos con igual propósito, lo impelan a una acción rápida.
-¿Y en este caso...?
Sin embargo, Sherlock Holmes parecía más bien inquieto. Observé que con frecuencia, miraba en derredor, al solitario campo de gris tonalidad que se esfumaba al paso del carruaje.
-Bien -dijo-. Habiendo dejado ya establecidos tantos puntos en mi primera entrevista con Miss Forsythe, parecía claro que aquella carta apócrifa era un cebo para atraer al Gran Duque a Odesa, estimulando, por lo demás, en él, la resolución de encararse con sus propios enemigos. Pero, como ya le dije a usted, pronto debió sospechar la añagaza. Y entonces huyó... ¿a dónde?
-A Inglaterra -dije yo-. Mejor aún que eso. A Groxton Low Hall, con el aliciente por añadidura, de contar con la compañía de una atractiva damita, a quien le recomiendo que cese de llorar y enjugue sus lágrimas.

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