El caso de los siete relojes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-Este espectacular suplemento, como lo denomina usted, es el método inalienable de los revolucionarios. No quieren servirse de otro procedimiento. Su víctima debe ser precisamente aventada entre ruinas, sin lo cual el mundo no se percataría de ellos ni de su poder.
-Pero, ¿y la carta dirigida a Sir Charles Warren? -exclamó Lady Mayo.
-A buen seguro que fue arrojada a la primera alcantarilla que Trepoff halló a su paso. ¡Ah! Supongo que ese edificio que se alza ahí enfrente, debe ser ya Groxton Low Hall.
Los acontecimientos que aquella noche se sucedieron, hállanse algo confusos en mi mente. Recuerdo un edificio bajo y grande, del estilo jacobino, de ladrillo rojo, con numerosas ventanas y con un tejado plano que parecía como si fuera a precipitarse sobre nosotros ante el sendero de grava. Las mantas de viaje fueron apartadas a un lado. Lady Mayo, erguida e imperiosa, daba tajantes instrucciones a un grupo de nerviosos criados.
Holmes y yo echamos a correr tras Miss Forsythe, subiendo por una serie de escalones hasta llegar, desde el amplio y alfombrado umbral del vestíbulo, hasta unos estrechos peldaños que eran poco más que una escalera de mano, la cual conducía al tejado. Al pie de ella, Holmes se detuvo un instante, posando sus dedos sobre el brazo de Miss Forsythe.
-Usted se quedará aquí -dijo sosegadamente.
Oí un clic metálico cuando Holmes introdujo la mano en su bolsillo, y por primera vez supe que el también iba armado.
-Venga, Watson -dijo.
Lo seguí por la angosta escalerilla mientras él abría con sumo cuidado la trampa que daba al tejado.
-¡No haga el menor ruido, por su vida! -musitó-. Dispare si le echa la vista encima.
-Pero, ¿cómo lograremos dar con él?
El frío aire nos azotó de nuevo en el rostro. Gateamos cautelosamente por el tejado. En torno nuestro, todo eran fantasmales cañones de chimeneas y hacinamiento de potes de arcilla ennegrecidos por el humo, los cuales rodeaban una gran cúpula de plomo que, bajo los rayos de la luna, relucía como la mismísima plata. En un apartado extremo, una oscura silueta parecía agazapada bajo el tubo de una negra chimenea, bañada por la luz del astro de la noche.
Un fósforo encendió su llama azul, que luego se tornó amarilla, y un instante después provino el chisporroteo de una mecha seguido por un sonido como de tenue repiqueteo en la chimenea.

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