El caso de los siete relojes (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Holmes corrió adelante en zig-zag, a través del laberinto de chimeneas y parapetos, siempre en dirección a la encorvada figura que ahora se zafaba presurosa.
-¡Haga fuego, Watson! ¡Haga fuego!
Nuestros revólveres dispararon al unísono. Vi el pálido rostro de Trepoff que giraba con una sacudida hacia nosotros, y luego en el mismo instante, la chimenea tras la cual él había estado agazapado, voló por el aire, como arrancada de cuajo, entre una columna de llamas. El tejado se alzó bajo mis pies y tuve la oscura sensación de rodar una y otra vez, mientras los cascotes de ladrillos rotos zumbaban sobre mi cabeza, o se abatían con estrépito contra el cimborrio metálico de la cúpula.
Holmes se puso torpemente en pie.
-¿Está usted herido, Watson? -dijo con voz entrecortada.
-Sólo recibí un ligero porrazo -repliqué-. Pero fue una suerte el que cayéramos de bruces. De no ser así... -Hice un ademán en dirección a las agrietadas y resquebrajadas chimeneas que se alzaban en derredor.
Habíamos avanzado sólo unos pocos metros a través de una nube de arsénico polvo, cuando dimos con el hombre que estábamos buscando.
-¡Ahora él tendrá que responder ante un Tribunal mas elevado! -dijo Holmes mirando a la espantosa masa humana tendida sobre las tejas-. Nuestros disparos lo hicieron vacilar durante un fatal segundo, que fue suficiente para que lo alcanzara de lleno la explosión de la bomba. - Mi amigo se volvió. -Vamos -dijo con una voz que encerraba un áspero reproche para sí mismo-. Hemos actuado con demasiada lentitud si pretendíamos salvar a nuestro cliente; y en cambio demasiado aprisa para vengarlo por medio de la justicia humana.
Súbitamente se alteró su expresión y me asió del brazo.
-¡Por Júpiter, Watson! ¡Un simple tubo de chimenea ha salvado nuestras vidas! -exclamó-. ¿Cuál es la palabra que empleó Lady Mayo? ¡Acampanada! ¡Esto es, una chimenea acampanada! ¡Pronto, no hay momento que perder!
Nos dirigimos velozmente a través de la trampa, y luego, por las escaleras, al piso principal. En un extremo, y a través de una niebla de humo ácido, pudimos discernir las ruinas de una puerta astillada. Un instante después, penetrábamos en el dormitorio del Gran Duque. Holmes lanzó una especie de mugido ante la escena con que tropezaron nuestros ojos.
Lo que había sido una soberbia chimenea, era ahora un enorme boquete, abierto como en un bostezo entre los restos de una pesada campana de piedra.

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