El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Las solteronas son, sin duda, personas muy útiles y constituyen una de las fuerzas de reserva de la comunidad humana. Se habla de las mujeres superfluas, pero ¿qué seria del pobre hombre superfluo sin la cariñosa presencia de aquéllas? A propósito, estas dos mujeres sencillas tardaron muy poco en dar a conocer el porqué Saunderson me había recomendado su granja. Este profesor es también hombre salido de las filas, y creo que en su juventud anduvo por estos campos no mucho mejor vestido que un espantapájaros.
El lugar es muy apartado y solitario, y los paseos resultan extraordinariamente pintorescos. La granja comprende tierras de pastoreo en el fondo de una cañada o valle estrecho irregular. A uno y otro lado de la cañada se alzan las fantásticas colinas de piedra caliza, formadas por una roca tan blanda que se puede romper con las manos. Toda la región está llena de oquedades. Si fuese posible golpearla con algún martillo gigantesco retumbaría lo mismo que un tambor, si es que no se hunde por completo y deja al descubierto algún enorme mar subterráneo. Que existe un mar subterráneo, no cabe duda, porque los arroyos se pierden por todas partes en la montaña misma y ya no vuelven a reaparecer. Hay por todas partes bocas abiertas en la roca, y entrando por ellas se encuentra uno dentro de grandes cavernas, que penetran hasta las entrañas de la tierra. Yo dispongo de una pequeña linterna de bicicleta, y constituye un constante gozo para mí el entrar con ella en esas extrañas soledades, para contemplar los maravillosos juegos de plata y de negrura que se producen cuando proyecto su luz sobre las estalactitas que cuelgan en pliegues de los altos techos. Cierra uno la lámpara, y se ve rodeado de las más negras tinieblas. La abre, y se le presenta un escenario propio de las mil y una noches.
Pero una de esas extrañas aberturas o cuevas despiertan un interés especial, porque es obra de la mano del hombre y no de la naturaleza. Cuando llegué a esta región no había oído hablar nunca de Juan Azul. Ese nombre se da a un mineral característico, de una preciosa tonalidad morada, que sólo se ha descubierto en uno o dos lugares del mundo. Es tan raro ese mineral, que un jarrón corriente de Juan Azul se tasaría en un precio muy elevado. Los romanos, llevados por su extraordinario instinto, descubrieron que era posible hallarlo en esta cañada y perforaron una profunda galería horizontal en el costado de la montaña.

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