El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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La apertura de su mina es conocida con el nombre de la cueva de Juan Azul, y forma un arco perfecto en la roca, con una entrada cubierta de arbustos y hierbas. La galería que abrieron los romanos es peligrosa y corta. En su desarrollo se encuentran algunas grandes cavernas excavadas por las aguas, de manera que quien intente penetrar en la cueva de Juan Azul hará bien en ir marcando el camino y en llevar una buena provisión de velas, porque de otro modo, es posi­ble que no vuelva a salir jamás a la luz del día. Todavía no he penetrado mucho en la cueva, pero hoy mismo estuve en la boca del túnel en forma de arco, y después de intentar penetrar con la mirada en los espacios tenebrosos que quedan más allá, hice voto de que, cuando recobre la salud, dedicaré algunas vacaciones a explorar las simas misteriosas y a descubrir por mí mismo hasta qué profundidad penetraron los romanos en las montañas del Derbyshire.
¡Qué extrañamente supersticiosos son estos campesinos! Yo no habría creído nunca tal cosa en el joven Armitage, que es hombre de cierta cultura y personalidad, muy refinado para la posición social que tiene en la vida. Me hallaba yo en la boca de la cueva de Juan Azul cuando se me acercó, después de cruzar el campo, y me dijo:
-Doctor, veo que usted no conoce el miedo.
-¡El miedo! ¿de qué habría de tenerlo? -le contesté. Armitage apuntó con un respingo de su dedo pulgar hacia la negra caverna, y contestó:
-De eso. Del ser espantoso que vive dentro de la cueva de Juan Azul.
¡De qué manera más absurdamente fácil surge una leyenda en las regiones aisladas y solitarias! Le hice preguntas al joven acerca de los motivos que tenía para su absurda creencia. Dijo que desaparecen de cuando en cuando los animales lanares que pastan en estos campos, y, según Armitage, es que hay alguien que se los lleva. No hubo manera de que aceptase la explicación de que esas ovejas desaparecidas se pudieron extraviar por sí solas, perdiéndose entre las montañas. En cierta ocasión, se descubrieron un charco de sangre y algunos mechones de lana. Le dije que también eso podía explicarse de una manera muy natural. Además, los animales desaparecían siempre en noches muy oscuras, nubosas y sin luna. Le repliqué con la explicación evidente de que los vulgares ladrones de ovejas elegirían naturalmente esa clase de noches para operar.

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