El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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En otra ocasión abrieron un agujero en una pared, y algunas de las piedras quedaron desparramadas a mucha distancia. Opiné que eso era obra de la mano del hombre. Por último, Armitage enlazó todos sus razonamientos, asegurándome que él, con sus propias orejas, había oído al monstruo. Sí, señor, y cualquiera podría oírlo si permanece en la boca de la cueva el tiempo suficiente. Yo no pude menos que sonreírme al oír aquello, sabiendo como sé que un sistema subterráneo de corrientes de agua entre los abismos de una formación caliza produce extrañas reverberaciones de sonido. Mi incredulidad dejó mohíno a Armitage. Se alejó de mí con algo de brusquedad.
Llegamos ahora al punto más extraño de todo el caso. Me encontraba yo todavía próximo a la boca de la caverna, dando vueltas en mi cerebro a las varias afirmaciones de Armitage, y diciéndome cuán fácil tarea resultaba la de explicarlas, cuando súbitamente, desde lo profundo del túnel que tenía a mi lado, llegó hasta mis oídos un ruido por demás extraordinario. ¿Cómo lo describiré? En primer lugar, parecía venir desde muy lejos, desde lo profundo de las entrañas de la tierra. En segundo lugar, y a pesar de esa impresión de distancia, era muy fuerte. Por último, no consistía en un retumbo, ni en un crujido, ideas ­ambas que uno asocia con la caída de agua o con el rodar de las rocas. Era un sonido penetrante, trémulo y lleno de vibraciones; algo que sugería el relincho de un caballo. Aquello constituía, desde luego, un hecho extraordinario que, de momento al menos, debo reconocerlo, presentaba en un nuevo aspecto lo que me había dicho Armitage. Esperé cerca de la boca de la cueva de Juan Azul durante más de media hora, pero ya no volvió a escucharse ese ruido, de modo que terminé por regresar a la casa de la granja, bastante intrigado por lo que había ocurrido.
Estoy resuelto a explorar aquella caverna cuando recupere mis fuerzas. Naturalmente, que la explicación de Armitage resulta demasiado absurda para tomarla en serio; sin embargo, no se puede negar que aquel ruido era por demás extraordinario. Todavía me parece escucharlo mientras escribo estas líneas.
Abril, 20.
Llevo realizadas varias excursiones hasta la cueva de Juan Azul en los últimos tres días, e incluso he penetrado un corto trecho en ella; pero mi linterna de bicicleta es tan pequeña y tan débil que no me arriesgo muy adentro.

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