El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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La galería bajaba en ángulo recto en un trecho de unos cincuenta pies, y el suelo estaba recubierto de piedras rotas. Desde allí arrancaba un pasillo largo y estrecho, abierto en la roca sólida. Yo no soy geólogo, pero puedo afirmar con seguridad que el revestimiento de esa galería era de un material más duro que la piedra caliza, porque en algunos sitios pude ver las señales dejadas por las herramientas empleadas por los antiguos mineros en sus excavaciones, y que estaban tan frescas como si se hubiesen hecho el día anterior. Avancé dando tropezones por aquel pasillo extraño, de un mundo antiguo. La débil llama de mi vela proyectaba a mi alrededor un círculo de luz crepuscular que contribuía a dar un aspecto más amenazador y tétrico a las sombras que se alzaban más allá.
Llegué por último a un lugar en el que el túnel abierto por los romanos desembocaba en una caverna excavada por las aguas. Constituía un salón inmenso, del que colgaban largos carámbanos blancos, formados por depósitos calizos. Distinguí confusamente desde aquella cámara central una cantidad de pasadizos abiertos por las corrientes subterráneas de agua que penetraban hasta perderse en las profundidades de la tierra. Me encontraba en ese lugar, dudando entre volver sobre mis pasos o aventurarme a penetrar todavía más en el peligroso laberinto, cuando mi mirada tropezó con algo que había a mis pies y que me llamó poderosamente la atención.
La mayor parte del piso de la caverna estaba cubierta de guijarros y de duras incrustaciones de cal, pero en ese sitio precisamente había caído una gotera desde el elevado techo, dejando un trozo de barro blanduzco. En el centro mismo de esa superficie se veía una huella enorme, una marca mal definida, profunda, ancha e irregular, como si allí hubiese caído una piedra muy grande. Sin embargo, no se veía alrededor ninguna piedra suelta, ni indicio alguno que pudiera explicar aquella huella. Era demasiado grande para ser producida por algún animal conocido y, además, sólo se veía una huella, aunque la superficie de barro era lo bastante espaciosa para poder salvarla de una sola zancada. Debo confesar que al enderezarme, después de examinar aquella extraña huella, miré en torno mío hacia las sombras negras que me envolvían y sentí por un instante que el corazón me daba un vuelco desagradable, y que, por más que yo me esforzaba en evitarlo, la vela temblaba en mi mano extendida.

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