El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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No podía imaginarme ni su naturaleza ni sus formas, aparte de que era al mismo tiempo gigantesco y de pies como consistentes. La lucha entre mi razón, que me decía que eran imposibles esas cosas, y mis sentidos, que me aseguraban su existencia, seguía furiosa en mi interior, mientras estaba allí tumbado en el suelo. Llegué, por último, a convencerme casi de que aquello no era sino una parte cíe alguna siniestra pesadilla, porque mi estado físico anormal era capaz de haber creado una alucinación. Pero me quedaba una última experiencia que arrancaría la última posibilidad de duda de mi cerebro.
Saqué las cerillas de debajo de mi axila y las palpé; me produjeron la impresión de estar secas y duras. Me agaché hasta una hendidura de las rocas y probé encender una. Con gran alegría de mi corazón, prendió en el acto. Encendí la vela y después de dirigir una ojeada de espanto hacia atrás, tratando de penetrar en las profundidades lóbregas de la caverna, me precipité hacia el túnel romano. Al hacerlo tuve que cruzar por el espacio cubierto de barro en el que anteriormente había encontrado la enorme huella. Volví a quedarme inmóvil, preso de asombro, porque en su superficie descubrí otras tres similares, enormes de tamaño, irregulares de silueta, y de una profundidad que daba a entender el gran peso que las había producido. Se apoderó de mí un terror espantoso. Agachado y protegiendo mi vela con la mano, corrí, presa de un miedo frenético hasta el túnel rocoso, seguí corriendo y no me detuve hasta que, con los pies doloridos y mis pulmones jadeantes, trepé por la cuesta pedregosa final. Me abrí paso violentamente por la maraña de arbustos y me dejé caer agotado sobre el suave césped, bajo la sosegada luz de las estrellas. Cuando llegué a la casa de la granja eran las tres de la mañana, y hoy me encuentro fláccido y tembloroso, después de mi terrible aventura. Aún no se la he contado a nadie. Debo proceder en este asunto con precaución. ¿Qué irían a pensar estas pobres mujeres solitarias, o estos palurdos incultos, si yo les contara lo que me ha ocurrido? Hablaré con alguien que sea capaz de comprender y de aconsejar.
Abril 25.
Permanecí en cama dos días después de mi increíble aventura de la caverna. Empleo el adjetivo increíble en un sentido muy literal, porque, con posterioridad a mi primera experiencia, he tenido otra que me ha producido casi tanto terror como aquélla.

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