El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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He dicho que buscaba alguien que pudiera aconsejarme. A pocas millas de distancia de la granja tiene su consulta un médico llamado Mark Johnson, para el que traje una carta de recomendación que me entregó el profesor Saunderson. Cuando me sentí con fuerzas suficientes para salir de casa, me hice llevar hasta su consulta, y procedió a realizar un examen cuidadoso de mi orga­nismo, fijándose de una manera especial en mis reflejos y en las pupilas de mis ojos. Cuando terminó su examen, se negó a referirse a mi aventura, alegando que era cosa que se salía de sus posibilidades; pero me entregó la tarjeta de un míster Picton, de Castleton, aconsejándome que marchase inmediatamente a visitar a este señor para contarle mi historia tal como se la había relatado a él. Me aseguró que era justo el hombre que estaba, más que nadie, en condiciones de ayudarme. En vista de eso, me dirigí a la estación y me trasladé hasta la pequeña ciudad, que se encuentra a unas diez millas de distancia.
Debía de ser el señor Picton a todas luces un personaje importante, porque su rótulo metálico lucía en la puerta de un edificio de categoría, en las afueras de la población. Iba ya a llamar, pero me acometió de pronto cierto recelo; crucé la calle y me dirigí a una tienda que había allí cerca, y le pregunté al hombre que había detrás del mostrador si podía darme algún informe acerca de míster Picton. Él me contestó: ¡Vaya que si puedo! Es el mejor médico de locos que existe en el Derbyshire, y su asilo está allá enfrente. Se comprenderá que tardé muy poco en sacudir de mis pies el polvo de Castleton. Regresé a la granja maldiciendo a todos los pedantes faltos de imaginación, que son incapaces de concebir la posibilidad de que existan en el mundo cosas que nunca tuvieron la oportunidad de cruzarse con sus pupilas de topos. Después de todo, ahora que ya me he serenado, estoy dispuesto a reconocer que yo no mostré hacia Armitage una simpatía mayor que la que a mí me mostró el doctor Johnson.
Abril 27.
Siendo yo estudiante, tenía fama de ser hombre valeroso y emprendedor. Recuerdo que en cierta ocasión en que varias personas anduvieron en Coltbridge a la caza de un fantasma, fui yo quien permaneció en la casa embrujada. No sé si son los años (aunque des­pués de todo, sólo tengo treinta y cinco) o si es esta enfermedad mía la que me ha hecho degenerar.

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