El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Mi corazón tiembla, sin duda alguna, cuando me pongo a pensar en la horrible caverna de la montaña, y en la certidumbre de que está habitada por algún monstruoso inquilino. ¿Qué debo hacer? A todas horas me planteo esa pregunta. Si yo me callo, el misterio seguirá siendo misterio. Si digo algo, voy a despertar una alarma loca por toda esta región, o voy a encontrar una incredulidad absoluta, cuya consecuencia podría ser el meterme en un manicomio. Después de todo, creo que lo mejor que puedo hacer es esperar, preparándome para alguna excursión mejor pensada y calculada que la otra. Como paso preliminar, he ido a Castleton y me he proporcionado varios elementos esenciales: una gran lámpara de acetileno en primer lugar, y, en segundo, un buen rifle deportivo de dos cañones. Este último lo he alquilado, pero he comprado una docena de cartuchos para caza mayor, ca-paces de matar a un rinoceronte. Ya estoy preparado para entendérmelas con mi amigo el troglodita. A lo que mejore mi salud y recupere una chispa de energía pienso llegar con él a soluciones definitivas. ¿Pero quién es y de qué naturaleza? Esa es, precisamente, la cuestión que me quita el sueño. ¡Cuántas teorías formo que voy descartando sucesivamente! Resulta un problema inimaginable. Sin embargo, la razón no puede pasar por alto aquel grito o relincho, las huellas de los pies, el caminar dentro de la caverna. Me pongo a meditar en las antiguas leyendas de dragones y otros monstruos. ¿Tendrán, acaso, menos de cuentos fantásticos que lo que nosotros pensamos? ¿No ocultarán quizá una realidad? En ese caso, sería yo el elegido entre todos los hombres para hacerla conocer al mundo.
Mayo 3.
Los caprichos de una primavera inglesa me han tenido inmovilizados por espacio de varios días; pero durante ellos han ocurrido nuevos hechos cuyo alcance verdadero y siniestro nadie más que yo está en condiciones de apreciar. He de decir que las noches últimas han sido nubosas y sin luna, es decir, idénticas a aquellas otras en las que, según los datos que poseo, desaparecían las ovejas. Pues bien, también ahora han desaparecido. Dos pertenecían a la granja de las señoritas Allerton, una a la del viejo Pearson, de Cat Walk, y otra a la de la señora Moulton. Cuatro en tres noches. De las ovejas desaparecidas no ha quedado el menor rastro, y por toda la región no se habla de otra cosa que de gitanos y de ladrones de ovejas.

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