El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Voy a relatar el suceso lo más claramente que me sea posible.
La noche del viernes 3 de mayo fue oscura y nubosa; era, pues, una noche tal y como le convenía al monstruo para salir. Me puse en camino a eso de las once, con mi linterna y mi rifle; pero antes dejé sobre la mesita de mi dormitorio una carta en la que decía que, en caso de desaparecer yo, se me buscase por los alrededores de la cueva. Me dirigí a la boca del túnel romano, y después de encaramarme entre las rocas próximas a la entrada cerré el foco de mi linterna y esperé pacientemente, teniendo a mano el rifle cargado.
Fue una vigilia melancólica. Divisaba a lo largo de la cañada serpenteante las luces, desparramadas aquí y allá, de las casas de la granja, y llegaba débilmente hasta mis oídos el campaneo del reloj de la iglesia de Chapel-le Dale al dar las horas. Esas pruebas de existencia de otros hombres no hacían sino acrecentar mi sensación de soledad, exigiendo de mí un esfuerzo mayor para sobreponerme al terror que me acometía continuamente y que me impulsaba a regresar a la granja, abandonando para siempre aquella búsqueda peligrosa. Pero en lo más profundo de cada hombre está enraizado el respeto de sí mismo, y ese sentimiento hace que le sea muy duro el retroceder cuando se ha lanzado a una empresa. Ese sentimiento de orgullo personal fue en esta ocasión el que me salvó, y únicamente gracias a él me mantuve en mi puesto, aunque todos mis instintos me arrastraban fuera de aquel lugar. Ahora me alegro de mi fortaleza. Aunque sea mucho el precio que he tenido que pagar, mi hombría, por lo menos, ha quedado libre de toda censura.
En la iglesia lejana dieron las doce, la una y las dos. Eran las horas de mayor oscuridad. Las nubes se deslizaban a poca altura y ni una sola estrella se descubría en el firmamento. Allá por las rocas graznaba una lechuza, sin que se oyese otro sonido fuera del suave suspirar del viento. ¡Y, de pronto, lo oí! Desde las lejanas profundidades del túnel me llegó el ruido sordo de aquellas pisadas tan blandas y sin embargo tan pesadas. Oí también el crujir de piedras que cedían bajo aquellos pies gigantescos. Se fueron acercando más y más. Ya las oía cerca de mi.

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