El espanto de la cueva de Juan Azul (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Chasquearon los arbustos que rodeaban la boca de la cueva, y tuve la sensación de que se dibujaba de una manera borrosa, en la oscuridad, una figura enorme, la silueta de un ser monstruoso e informe, que salió, rápido y muy silencioso, del túnel. El miedo y el asombro me paralizaron. Después de la larga espera, cuando la tremenda sorpresa llegó, me encontró desprevenido. Permanecí inmóvil y sin respirar, mientras aquella enorme masa negra pasaba rápida por mi lado y se la tragaba la oscuridad de la noche.
Pero dominé mis nervios para cuando el animal volviese a la caverna. En toda la región circundante, entregada al sueño, no se oyó ruido alguno que delatase la presencia del ser espeluznante que andaba suelto. No disponía de recurso alguno para calcular a qué distancia se encontraría, qué estaba haciendo, o el momento de su regreso. Pero no me fallarían otra vez los nervios, ni perdería por segunda vez la ocasión de hacerle sentir mi presencia. Me lo juré entre dientes, al mismo tiempo que depositaba mi rifle con el gatillo levantado encima de la roca.
Pues con todo eso, casi vuelve a ocurrir lo mismo. Ninguna advertencia tuve de que el monstruo se aproximaba caminando sobre la hierba. Súbitamente volvió a surgir ante mí una sombra negra y deslizante; el enorme volumen se dirigía hacia la entrada de la caverna. De nuevo mi dedo permaneció agarrotado e impotente junto al gatillo, en un ataque de parálisis de mi voluntad. Pero realicé un esfuerzo desesperado para reaccionar. En el momento en que rechinaban los arbustos y la bestia monstruosa se confundía con la oscuridad de la boca de la cueva, hice fuego. Al resplandor del disparo pude captar la visión de una gran masa hirsuta, de algo revestido de una pelambre áspera y cerdosa, de color blanquecino, que se convertía en blanco en sus miembros inferiores. El tranco enorme del cuerpo se apoyaba en patas cortas, gruesas y encorvadas. Apenas si tuve tiempo de percibir eso, porque el animal se metió en su madriguera con gran estrépito de piedras arrancadas a su paso. Instantáneamente, por efecto de una reacción eufórica de mis sentimientos, me desprendí de mis miedos, descubrí el foco de mi potente linterna, empuñé el rifle, salté desde mi roca y corrí tras el monstruo por el viejo túnel romano.
Mi magnífica lámpara proyectaba delante de mí un torrente de viva luminosidad, muy distinto del apagado resplandor amarillo que doce días antes me había ayudado a avanzar por aquel mismo pasillo.

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