La aventura del cliente ilustre (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Es un hombre de mundo que tiene dotes naturales para la diplomacia. Por ello no tengo más remedio que suponer que no se tratará de una pista falsa, y que, en efecto, le es precisa nuestra intervención.
-¿Nuestra?
-Si quiere ser usted tan amable, Watson.
-Me sentiré muy honrado.
-Pues entonces, ya sabe la hora; las cuatro y treinta. Podemos, pues, apartar el asunto de nuestra atención hasta esa hora.
Vivía yo por aquel entonces en mis habitaciones de la calle de Queen Anne, pero me presenté en la calle Baker antes de la hora indicada. Era la media en punto cuando fue anunciado sir james Damery. Apenas si hará falta describirlo, porque son muchos los que recordarán a aquel personaje voluminoso, estirado y honrado, aquella cara ancha y completamente afeitada, y sobre todo, aquella voz agradable y pastosa.
Brillaba la franqueza en sus grises ojos de irlandés, y en sus labios inquietos y sonrientes jugueteaba la jovialidad. Todo pregonaba su cuidado meticuloso por el bien vestir que le había hecho célebre, su lustroso sombrero de copa, su levita negra; en fin, los detalles todos, desde la perla del alfiler de su corbata de raso negro, hasta las polainas cortas de color espliego sobre sus zapatos de charol. Aquel aristócrata corpulento y dominador se enseñoreó de la pequeña habitación.
-Esperaba, desde luego, encontrarme aquí con el doctor Watson
-dijo, haciéndome una reverencia cortés. Su colaboración pudiera ser muy necesaria en esta ocasión,
porque nos las tenemos que ver con un individuo familiarizado con la violencia y que no se para en barras. Estoy por decir que no hay en Europa un hombre máspeligroso.
-Ese calificativo ha sido aplicado ya a varios adversarios míos
-dijo, sonriente, Holmes
- ¿Fuma usted? Pues entonces, me perdonara que yo encienda mi pipa. Peligros
de veras tiene que ser ese hombre de que habla, para serlo más que el profesor Moriarty, a muerto, o que el aún vivo coronel Sebastián Morán. ¿Podría saber su nombre?
-¿Oyó usted hablar alguna vez del barón Gruner?
-¿Se refiere al asesino austriaco?
El coronel Damery alzó las manos enguantadas en cabritilla rompiendo a reír:
-¡A usted no se le escapa nada, míster Holmes! ¡Es asombroso! ¿De modo ya, que
lo tiene usted calibrado como asesino?
-Mi profesión me obliga a estar al día de los hechos criminales del continente.

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