La aventura del cliente ilustre (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Sí, estoy satisfecho de haber tenido que dedicar mi atención al barón Adelbert Gruner.
-¿Y dice usted que en dicha ocasión estuvo afable?
-Lo mismo que gato runruneante cuando cree estar viendo a un posible ratón. La afabilidad de ciertas personas es más mortal que la violencia de otras almas de mayor rudeza. Me acogió de manera característica, diciéndome: «Pensé, míster Holmes, que recibiría su visita más pronto más tarde. Sin duda que estará usted al servicio del general De Merville para que procure impedir mi matrimonio con su hija Violeta. Es eso, ¿verdad que sí?» Le contesté que así era en efecto, y él me dijo: «Querido señor, lo único que va a conseguir es echar a perder su bien ganada fama, Se trata de un caso en el que no hay posibilidad de que usted tenga éxito. Será el suyo un trabajo estéril, para no hablar de los posibles peligros que puedan acecharle.
Permítame que le aconseje con vivo interés que se haga a un lado inmediatamente. »
Es curioso -le contesté- acaba usted de darme el mismísimo consejo que yo me proponía darle a usted. Yo respeto su inteligencia, barón, y ese respeto mío no ha disminuido con esta breve conversación nuestra. Permítame que le hable de hombre a hombre. Nadie pretende remover su pasado y colocarle en situación innecesariamente incómoda. Aquello pasó, y usted se encuentra ahora en aguas tranquilas; pero si Usted se empeña en este matrimonio, levantará en contra suya a un enjambre de enemigos poderosos que no le dejarán en paz hasta que la estancia en Inglaterra le resulte demasiado incómoda. ¿Lo vale verdaderamente el juego?
Créame, ganaría usted dejando tranquila a esa dama. Será poco agradable para usted que lleguen a conocimiento de ella los hechos de su pasado.» El barón luce debajo de su nariz unos tufitos de pelo abrillantado de cosmético, que producen la impresión de las antenas cortas de un insecto. Mientras me escuchaba, esos tufos de pelo se estremecían divertidos y acabó rompiendo a reír suavemente: «Míster Holmes, disculpe este buen humor -me dijo- Es realmente divertido ver que intenta hacer baza sin tener triunfo alguno en la mano. Creo que nadie le aventajaría, pero resulta, a pesar de todo, bastante patético. Míster Holmes, no tiene usted en la mano ni un solo triunfo; sólo cartas de lo más menudas.» «Eso es lo que usted cree.

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