La aventura del cliente ilustre (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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¡Además, tenemos el cliente! Bueno, bueno, no hay necesidad de que discutamos este aspecto de la cuestión. Es preferible que me acompañe usted a casa una vez que termine de tomar el café, porque el ágil Shinwell estará ya allí con su informe.
Estaba, en efecto. Era un hombre corpulento, tosco, de cara rubicunda y aspecto escorbútico, con unos ojos negros vivaces que constituían la única señal exterior del alma por demás astuta que había en el interior. Por lo visto, había buceado en lo que constituía su reino característico y, allí, estaba, sentado junto a él en el sofá, un ejemplar que se había traído, consistente en una mujer joven, delgada y ondulante como una llama, de rostro pálido y cara de expresión intensa, juvenil, pero tan consumida por el pecado y el dolor, que en ella podían descubrirse los años terribles que habían dejado en la misma su huella leprosa.
-Esta es miss Kitty Winter -dijo Shinwell Johnson, con un vaivén de la gruesa mano a modo de presentación-. Lo que ella no sepa...; bueno, ella misma hablará. Antes de una hora de haber recibido su mensaje le eché el guante, míster Holmes.
-Es fácil dar conmigo -dijo la joven-. Yo siempre estoy en el garito. Como este gordo de Shinwell. Gordo, somos viejos camaradas tú y yo. Pero por vida mía, que hay otra persona que si hubiese la menor justicia en el mundo debería encontrarse en un infierno todavía más profundo que el nuestro. Es el hombre detrás del que usted anda, míster Holmes.
Holmes se sonrió, y dijo:
-Miss Winter, me parece que contamos con su simpatía.
-Si yo puedo ayudar a que ese hombre vaya a donde debe ir, cuenten conmigo hasta el último estertor -dijo nuestra visitante con furiosa energía.
Su cara pálida y resuelta y sus ojos llameantes mostraban un odio tan intenso como rara vez una mujer y jamás un hombre pueden alcanzar.
Mister Holmes, no hace falta que remueva usted mi pasado. No es ni de aquí ni de allá. Yo soy lo que Adelbert Gruner hizo de mí. ¡Si yo pudiese tirarlo por tierra! –sus manos, como garras, se aferraron con frenesí al aire-. ¡Oh, si yo pudiera arrastrarlo al foso adonde él ha empujado a tantas!
-¿Está usted enterada del asunto?
-El gordo Shinwell me lo ha contado.

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