La aventura del cliente ilustre (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Tenía facciones proporcionadas y agradables, a excepción de su boca, de labios rectos y delgados. Si alguna vez he visto yo una boca de asesino era, sin duda, aquélla; un tajo en la cara cruel, duro, de bordes apretados, inexorable y terrible. Obraba como mal aconsejado al impedir que el bigote la disimulase, tapándola, porque era como la señal de peligro puesta por la naturaleza como una advertencia a sus víctimas. Su voz era atrayente y sus maneras, perfectas. Le calculé muy poco más de treinta años, aunque luego se vio por su documentación que tenía cuarenta y dos.
-¡Precioso, verdaderamente precioso! -dijo por último-. De modo que tiene usted un juego de seis servicios. Lo que me desconcierta es que no haya oído yo hablar hasta ahora de la existencia de tan magníficos ejemplares. Solo un juego conozco en Inglaterra que pueda comparase con éste, pero no existe probabilidad alguna de que salga al mercado. ¿Sería indiscreción, doctor Hill Barton, preguntarle como llegó a poder suyo esta rara y valiosa pieza!
-¿Tiene eso alguna importancia? -le dije adoptando el aire de mayor despreocupación de que me fue posible revestirme-. Usted ha comprobado que se trata de una pieza auténtica y, por lo que respecta al precio, me conformo con que sea tasada por un experto.
-Resulta sumamente misterioso -dijo, y en sus ojos negros relampagueó una súbita sospecha- En una transacción de objetos de tanto valor, es natural que uno desee informarse bien de todos los detalles. No hay duda de que se trata de un ejemplar legítimo. Sobre eso tengo completa seguridad. Pero no tengo más remedio que encararme con todas las posibilidades: ¿y si luego resulta que no tenia usted derecho a vender el juego?
-Estoy dispuesto a darle una garantía contra toda reclamación de esa clase.
-Lo cual nos trae a plantear la cuestión del valor que tiene esa garantía suya.
-Sobre ese extremo le contestarían mis banqueros.
-Así es, pero con todo y con eso, esta transacción se me antoja fuera de lo normal.
-Puede usted tomarlo o dejarlo -le dije yo con indiferencia- Es usted el primero a quien se lo he ofrecido, porque sabía que es usted un entendido en la materia; pero no tendré dificultad alguna en venderlo a otras personas.
-¿Quién le informó de que yo era un entendido?
-Supe que había usted escrito un libro acerca de esta materia.

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