La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

Página 2 de 132

Recorriendo hace poco esta columna me estremecí al encontrar, con mi propio nombre, una carta que escribí en 1887, en la cual describía una curiosa experiencia ocurrida en el curso de una sesión de Espiritismo.
Es notorio, por tanto, que esta cuestión me interesa desde hace mucho tiempo, y no menos el que me ha llevado a la elaboración de mi juicio sobre ella, puesto que sólo hace un ano o dos me he declarado satisfecho por la evidencia. Si aquí refiero algunas de mis experiencias y dificultades, espero que mis lectores no pensarán que lo hago por egotismo y admitirán, por el contrario, que es el mejor modo de esbozar una respuesta a los interrogantes que se han de presentar a sus espíritus. De tal manera, habiendo atravesado por una fase análoga, mi respuesta tendrá un carácter más general e impersonal por su propia naturaleza.
Al terminar mis estudios de Medicina en 1882, como la mayoría de los médicos, me manifestaba materialista convencido en lo que a nuestro destino respecta. Nunca había dejado de ser un deísta ferviente; me parecía que nadie había respondido aún a esta pregunta de Napoleón, en una noche estrellada, a los profesores que viajaban con él por Egipto: "Pero, señores, ¿quién ha creado esas estrellas?" Si se dice que el Universo resulta de leyes inmutables, esto hace surgir una segunda cuestión: pero ¿quién es el autor de estas leyes inmutables? Yo no creía, naturalmente, en un dios antropomorfo, pero entonces, como ahora, creía en una fuerza inteligente ajena a todas las intervenciones de la Naturaleza, una fuerza tan grande e infinitamente compleja que mi mente limitada no concebía nada por encima de su existencia. El bien y el mal se me mostraban de un modo tan evidente, que no creía necesaria una revelación divina para explicarlos. Pero cuando abordaba la cuestión de la supervivencia de nuestras endebles personalidades, me parecía que las numerosas analogías que la Naturaleza encierra desmentían esta supervivencia. Al consumirse la vela, la luz se apaga; cuando la centella se parte, la corriente cesa; cuando el cuerpo perece, la materia desaparece. Cada cual puede sentir en su fuero íntimo que debe sobrevivir; ahora bien, si se tiene en cuenta el tipo medio común de hombres, ¿qué razón evidente podría descubrirse en favor de la supervivencia de su personalidad? Esto me parecía una ilusión y me hallaba convencido de que la muerte ponía fin realmente a todo, aun cuando ello no me pareciera motivo suficiente para descuidar nuestros deberes hacia la humanidad en el curso de nuestra existencia terrenal.

Página 2 de 132
 

Paginas:
Grupo de Paginas:         

Compartir:




Diccionario: