La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Tal era mi estado de espíritu cuando los fenómenos espiritas atrajeron mi atención. Siempre había considerado a este tema de lo más absurdo; había leído la condenación de los médiums farsantes y me preguntaba cómo podía prestar fe un hombre sensato a semejantes cosas. Pero tenía amigos que se interesaban por esta cuestión, y con ellos tomé parte en algunas sesiones de veladores levitatorios y giratorios en el curso de las cuales recibimos comunicaciones bastante relacionadas unas con otras. Tengo que confesar con sentimiento que la única impresión que me produjeron estas sesiones fue que miré a mis amigos con cierta desconfianza; a menudo recibimos largos mensajes que nos llegaron deletreados por levitación del velador y que era imposible atribuir al azar. Alguien, por tanto, debía de mover la mesa. Yo pensaba que eran mis amigos, y ellos pensarían posiblemente que era yo. Me hallaba preocupado y perplejo, pues mis amigos no eran personas a las que yo pudiera sospechar capaces de engaño; sin embargo, no podía explicarme las manifestaciones en cuestión sino por la acción consciente del velador.
Por ese tiempo -sería en 1886- la casualidad puso en mis manos un libro titulado The reminiscences of judge Edmonds. Su autor era miembro de la Suprema Corte de Justicia de Nueva York y persona de alto valor. Refería en su obra, con toda clase de detalles, que después de muerta su mujer había podido permanecer en contacto con ella durante varios años.
Leí este libro con interés, pero con absoluto escepticismo; me parecía un ejemplo de debilidad mental en un hombre de carácter firme y práctico, una especie de reacción, por así decirlo, contra sus habituales ocupaciones inmediatas.
¿Qué era ese espíritu de que hablaba? Supongamos que un hombre a consecuencia de un accidente sufra una lesión en la caja craneana; su inteligencia puede ser afectada y, por tanto, una naturaleza elevada quedar reducida a un nivel inferior. Del mismo modo, bajo la influencia del alcohol, del opio o de cualquier otra droga, el carácter de un individuo puede cambiar por completo. Esto demostraba, por consiguiente, que el espíritu depende de la materia.
Tal era en aquel tiempo mi manera de razonar. No distinguía que no era el espíritu el que cambiaba en los citados casos, sino el cuerpo a través del cual el espíritu evolucionaba, puesto que sería inútil discutir el talento de un músico si después de roto su violín no obtenía de éste sino discordantes sonidos.

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