La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Veo, por ejemplo, que en una ocasión, contestando a una de mis preguntas, consistente en solicitar el informe de cuántas monedas tenía en el bolsillo, el velador deletreó: "Estamos aquí para instruir y elevar a las almas, no para adivinar tonteras". Y agregaba: "Deseamos inculcar un estado de espíritu religioso y no crítico". Debe reconocerse que éste no era un mensaje pueril. Pero yo seguía preocupado siempre por el temor de una acción involuntaria por parte de los asistentes.
Ocurrió por entonces un incidente que me turbó y desanimó mucho. Nos hallábamos una noche en muy buenas condiciones y habíamos obtenido cierta cantidad de movimientos que parecían absolutamente independientes de nuestra intención. Habíamos recibido largos mensajes que, al parecer, provenían de un espíritu que dio su nombre y nos dijo que había sido un viajante de comercio que había perdido recientemente la vida en el incendio de un teatro de Exeter. Todos estos detalles eran precisos, y nos rogó que escribiéramos a su familia, la cual vivía, según él, en un lugar llamado Slattenmere, en el condado de Cumberland. Así lo hice, pero el correo me devolvió la carta por no hallar el lugar de destino. Ignoro los motivos que nos confundiría en esta sesión o si habría algún error en las indicaciones. No obstante, tales son los hechos, y me desilusioné tanto que durante algún tiempo dejé de interesarme por esta cuestión. Estudiar un problema es racio­nal en sí, pero si al profundizarlo se llegaba a dudar de su seriedad, era conveniente detenerse. Si existe en algún sitio una localidad llamada Slattenmere, aún hoy me alegraría el saberlo.
Por ese tiempo practicaba mi profesión en Southsea, en donde residía el general Drayson, hombre de carácter notable y uno de los campeones del Espiritismo en aquella región. Le confié mis dificultades y las escuchó pacientemente. Hizo poco caso de mis críticas respecto al carácter disparatado de gran número de los mensajes y sobre la absoluta falsedad de otros. "Todavía no posee usted la verdad fundamental - me dijo-. La verdad es que todo espíritu que anima la carne pasa de este mundo al otro tal cual es, sin cambio alguno. Este mundo está lleno de individuos torpes e insensatos, y lo mismo ocurre en el otro. No es necesario mezclarse con ellos, como no hay por qué hacerlo en la Tierra; cada cual puede elegir su compañía. Imagínese usted a un hombre que hubiera vivido solo en su casa sin frecuentar a sus semejantes y que un día se asomara a la ventana para ver en qué clase de lugar vivía.

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