La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Todavía conservo las notas en las que detallaba el desarrollo de estas sesiones, transcribiendo seguidamente los resultados de una de ellas, claramente precisos y tan ajenos a la idea que yo me había formado de la vida de ultratumba, pero que entonces más bien me divirtieron que lo que saqué provecho de ellos. No obstante, les encuentro una estrechadísima relación con las revelaciones de Raymond * y con otros relatos similares, por lo que ahora los considero de otra manera. Sé que todos estos relatos de la vida del Más Allá difieren en ciertos detalles, pero presumo que la mayoría de los que trataran de nuestra existencia en la Tierra no concordarían más; pero, en general, ofrecen grandes semejanzas. Ahora bien, en el caso presente tanto yo como las dos señoras que componían el círculo de los concurrentes ignorábamos por completo los hechos en cuestión. Dos Espíritus se pusieron sucesivamente en comunicación con nosotros y nos enviaron mensajes. El primero deletreó su nombre: Dorotea Poslethwaite, que todos desconocíamos. Nos hizo saber que había muerto cinco años antes en Melbourne a la edad de dieciséis años, que ahora era muy feliz y que tenía que trabajar, como también que había asistido al mismo colegio que una de las señoras presentes. A mi solicitud, esta señora alzó las manos y citó una serie de nombres; la mesa se levantó al pronunciarse el nombre de la directora del colegio, lo que nos pareció confirmar la confidencia precedente. El Espíritu siguió diciendo que la esfera en que vivía circundaba la Tierra; que conocía los planetas; que Marte estaba habitado por una raza mucho más avanzada que la nuestra y que los canales eran artificiales; que en el mundo en que ella vivía no existían males corporales, pero que podía sentirse ansiedad mental; que los Espíritus eran gobernados y que ingerían alimentos. Ella había sido católica y lo era todavía, y no era mejor tratada que los protestantes; que allí había mahometanos y budistas y que todos compartían la misma suerte sin distinción de religiones. Ella no había tenido oportunidad de ver a Cristo y no sabía más acerca de El que cuando vivía en la Tierra, pero creía en su poder. Los Espíritus oraban y morían en el nuevo mundo antes de entrar en otro; tenían placeres, entre otros el de la música, y donde ella vivía había luz y alegría en abundancia. Añadió que los Espíritus no eran ni ricos ni pobres y que las condiciones generales de la existencia eran infinitamente más favorables para la felicidad que las de la Tierra.

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