La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Esta joven nos dio las buenas noches y seguidamente una entidad mucho más enérgica se apoderó de la mesa, la que se precipitó con violentos movimientos. Contestando a mis preguntas, el Espíritu pretendió ser el de un hombre al que llamaré Dodd, que fue un famoso jugador de criquet y con el que yo había mantenido una seria conversación en El Cairo antes de que remontara el Nilo con la expedición a Dongola, expedición en la que había de encontrar la muerte. Esto nos conduce, como debo hacerlo constar para el progreso de mis estudios, al año 1896. Dodd era un desconocido para las dos señoras sentadas alrededor de la mesa.
Yo comencé por hacerle preguntas semejantes a las que le hubiera hecho si se hallase vivo ante mí, y él me contestó con rapidez y decisión, y a veces en sentido muy opuesto al que yo esperaba, por lo que no cabía sospechar que yo hubiera influido sobre él. Nos hizo saber que era feliz y que no deseaba volver a la Tierra. Había sido librepensador, pero no por ello sufrió en la nueva vida. Según él, no obstante, la oración era muy saludable porque nos ponía en contacto con el mundo de los Espíritus; si él hubiera rezado más, ocuparía tal vez un rango más elevado.
Debo destacar que esto se hallaba en cierta contradicción con su primera afirmación de que, por ser librepensador, no por ello sufrió en la nueva vida . Ahora bien, es sabido que muchas personas se olvidan de orar, sin ser por ello librepensadores.
Volvamos a Dodd y a sus confidencias. Nos dijo que su fin no había sido doloroso, y recordó el de Polwhele, un joven oficial que murió antes que él. Cuando Dodd murió encontró en el otro mundo a varios Espíritus que se le presentaron a recibirle; pero Polwhele no se hallaba entre ellos. Se enteró luego de la caída de Dongola, pero no asistió en Espíritu al banquete de El Cairo, y luego nos confió que tenía que trabajar y que conocía más cosas que durante su última existencia. Nos dijo también que la dura­ción de la vida en el nuevo mundo era menor que en la Tierra. No había visto al general Gordon ni a ningún otro Espíritu famoso; los esposos no estaban obligados a volverse a encontrar, pero los que se amaban podían reunirse nuevamente.

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