La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Pretendían que estas facultades les habían sido transmitidas desde tiempo inmemorial, que se remontaba hasta los caldeos.
Esto me impresionó considerablemente, pues los faquires y nosotros - ignorándonos totalmente los unos a los otros- lográbamos los mismos resultados sin que pudiera incluírselos entre esas supercherías tan frecuentes en América u otras más vulgares aún, como las que se nos reprochaban con tanta frecuencia a propósito de los fenómenos similares verificados en Europa.
También influyó en mí, por aquellos años, el informe de la Sociedad Dialéctica de Londres, el que data del año 1869. Es un trabajo de una lectura convincente y, aunque haya sido ridiculizado casi unánimemente por los periódicos ignaros y materialistas de su tiempo, hay que reconocer que es un documento de gran valor. La Sociedad Dialéctica se hallaba integrada por numerosas personas distinguidas e imparciales, deseosas de llevar a cabo investigaciones sobre las manifestaciones físicas del Espiritismo. El informe en cuestión era un acta detallada de los experimentos y de sus precauciones contra las supercherías. Después de haber leído las pruebas acumuladas en él, no es posible concebir que se haya podido llegar a otra conclusión que la proclamada, es decir: que los fenómenos eran indudablemente auténticos y revelaban la acción de leyes y fuerzas inexploradas aún por la ciencia. Lo más singular del caso es que si el veredicto hubiera sido contrario al Espiritismo, seguramente se le hubiese dado un rudo golpe al movimiento espirita, en tanto que al garantizar la realidad de los fenómenos, sólo mereció el ridículo. Lo mismo ha ocurrido con otras numerosas investigaciones, desde las efectuadas en Hydesville en 1848, o las realizadas seguidamente por el profesor Hare, de Filadelfia, quien se lanzó, como San Pablo, para oponerse a la verdad, pero se vio obligado a inclinarse ante ella.
Hacia 1891 entré a formar parte de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, lo que me permitió leer todos sus informes. Mucho es lo que se debe a la infatigable actividad de esta Sociedad y a la sobriedad de sus exposiciones, aunque reconozco que éstas son a veces enojosas y que sus redactores, en su deseo de evitar el sensacionalismo, desaniman al público, que podría interesarse por sus notables trabajos y sacar provecho de ellos. La terminología que emplean le choca también al lector no avezado, y puede decirse, después de la lectura de sus artículos, lo que un cazador americano de las Montañas Rocosas me confiaba un día respecto a un catedrático al que había servido de guía durante una temporada: "Es tan sabio que no hay quien le entienda".

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