La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Por lo demás, el uso de retribuir a los experimentadores conforme a los resultados logrados, es completamente deplorable. Sólo cuando el médium profesional tenga ingresos seguros y no relacionados con los resultados de los experimentos de los que participa se ha de eliminar realmente toda tentación de sustituir con fenómenos falsos a los auténticos.
Acabo de esbozar la evolución de mi pensamiento hasta el tiempo de la guerra **. No creo pecar de presunción diciendo que él maduró sensatamente y no presenta rastro alguno de esa credulidad ciega que nos reprochan nuestros adversarios. Mi evolución fue enteramente circunspecta, pues mucho fue lo que aparté de la balanza de la verdad que hubiera podido ser motivo de influir sobre mi pensamiento. A no ser por la guerra, probablemente me hubiera pasado toda la vida limitándome a realizar investigaciones psíquicas, manifestando por el problema una simpatía de aficionado, tratándose de cuestiones impersonales, tales como la existencia de la Atlántida o la controversia baconiana. Pero llegó la guerra, y esta terrible prueba resucitó el fervor en nuestras almas, reanimó nuestras creencias y restableció su valor. Frente a un mundo agonizante, enterándonos todos los días de la muerte de la flor de nuestra raza en la primera manifestación de su juventud, viendo en torno nuestro a las mujeres y a las madres que sólo pensaban en que sus seres queridos ya no existían, me pareció comprender súbitamente que este problema que yo había tomado como una distracción no era únicamente el estudio de una fuerza extraña a los objetivos de la ciencia, sino que en realidad era algo extraordinario, el derrumbamiento de una barrera que separa a dos mundos, un mensaje innegable del Más Allá y una guía para la humanidad en sus momentos de mayor aflicción. Su aspecto objetivo dejaba de interesarme, pues una vez resuelto que allí estaba la verdad, no cabía discutir más. Su sentido religioso era de un significado infinitamente más importante. El tintineo del teléfono es en sí una cosa infantil; pero también puede ser la señal de una comunicación extraordinaria en cuanto a importancia. Me parecía que esos fenómenos, insignificantes o trascenden­tes, no habían sido sino el tintineo del teléfono que, sin sentido especial alguno, había dicho al género humano: " ¡En Pie! ¡Atención! ¡Estén preparados! Estas señales van dirigidas a ustedes y precederán a los mensajes que Dios desea enviarles". Lo realmente importante eran los mensajes, no las señales.

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