La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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No obstante, en los momentos en que el alma humana es hendida y desgarrada por el sufrimiento, es cuando deben sembrarse los elementos de la verdad para que brote una cosecha espiritual durante los días que nos queden de vida.
Cuando leo el Nuevo Testamento con los conocimientos que ahora tengo del Espiritismo, siento la convicción profunda de que las enseñanzas de Cristo no fueron recogidas, desde diversos puntos de vista, por la Iglesia primitiva y, por consiguiente, tampoco han llegado hasta nosotros. Todas esas alusiones a una victoria sobre la muerte no tienen, según mi modo de ver, sino escasa relación con la filosofía cristiana actual, en tanto que para quienes han visto -aunque escasamente- a través del velo y tocado solo levemente las manos tendidas del Más Allá, para éstos la muerte ha sido verdaderamente derrotada. Cuando se hace mención de esos fenómenos que tan familiares nos son, como las levitaciones, las lenguas de fuego, las facultades espirituales, en una palabra, la totalidad de la producción mediúmnica, comprendemos que la esencia misma de su significado, la continuidad de la vida y las comunicaciones con los muertos eran sobradamente conocidas. Nos quedamos sorprendidos al leer: "¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?" (San Marcos, 1:27). ¿No concuerda esto perfectamente con las leyes psíquicas que nosotros conocemos? O cuando se dice: "Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?" (San Marcos, 5:30). ¿Podría expresarse mejor lo que ocurre en la actualidad con los médiums curativos, salvo que se cambiase la palabra poder por»fluido? Y cuando leemos: Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad si los espíritus son de Dios" (San Juan Apóstol, 4:1), ¿no observamos la semejanza del consejo que se da en la actualidad a los novicios que emprenden la realización de prácticas espiritas?
Esta cuestión es demasiado vasta para que yo pueda hacer otra cosa que tratarla superficialmente; pero creo que esta doctrina -a la que tan duramente atacan hoy las Iglesias cristianas más rigoristas- es en realidad la enseñanza esencial del Cristianismo mismo. A quienes quieran ir más lejos en este orden de ideas les recomiendo la lectura de la obrita Je sú s o f Naza re th , del doctor Abraham Wallace. Su autor demuestra del modo más convincente que todos los milagros de Jesucristo estaban dentro de las posibilidades de las facultades que se ajustan a las leyes psíquicas, tal como ahora las entendemos, ajustándose en un todo a las prescripciones exactas de estas leyes en sus más pequeños detalles.

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