La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Esto nos lleva a la consideración del cielo y el infierno. La idea del infierno puede decirse que se ha disipado por completo, del mismo modo que ha desaparecido desde hace mucho del pensamiento de todo individuo racionalista. Esta odiosa concepción -tan injuriosa para el Creador- ha nacido de la exageración de la fraseología oriental y puede haber sido conveniente en una época lejana, cuando a los hombres les asustaba el fuego, como asustan a los viajeros los animales salvajes. El infierno, como creación real y permanente, no existe. No obstante, el concepto de castigo, de expiación, en una palabra, de purgatorio, es confirmado por los relatos del otro mundo. Sin esta consecuencia no habría justicia en el Universo, pues sería imposible imaginar que la suerte de Rasputín fuera igual a la del Padre Damián. El castigo es seguro y muy serio; bajo su forma menos severa consiste en el morar de las almas más viles relegadas en las esferas inferiores. Esas almas no ignoran que eso se debe a sus malas acciones cometidas en la Tierra; pero tienen la esperanza de que la expiación y la ayuda de los que se hallan por encima de ellas las instruirán y colocarán al mismo nivel que las demás. Los Espíritus más elevados se consagran a esa obra de educación. Julia Ames, en su magnífica obra " póstuma -Cartas de Julia- expresa estas memorables palabras: La mayor alegría del cielo es hacer el vacío en el infierno".
Abandonemos estas esferas de prueba, que más bien deberían considerarse como un sanatorio para las almas débiles que como una comunidad penitenciaria, y volvamos a las descripciones del otro mundo. Todas ellas representan, unánimemente, bajo un aspecto muy seductor, las condiciones de vida del Más Allá, diciendo que los Espíritus se agrupan con arreglo a sus inclinaciones, y que los que se aman -o tienen objetivos comunes- se reúnen, siendo su existencia muy atrayente y atareada, no queriendo ninguno de ellos volver a la Tierra. Estas revelaciones son, sin duda alguna, sumamente reconfortantes y -repito-, no se trata aquí de fe o de esperanza, pues ellas son confirmadas por todas las leyes de la evidencia. En efecto, si varios testigos, sin ninguna relación entre sí, hacen un relato similar de los mismos hechos, tal relato debe tenerse por verídico. Si el relato en cuestión nos hablara de almas gloriosas, despojadas de todas las debilidades hu­manas, de almas que vivieran en un éxtasis constante de adoración en tomo del trono del Todopoderoso, podría sospecharse que no fuera más que un reflejo de esa teología popular que todos los médiums han conocido en su juventud.

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