La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Raymond ha podido engañarse o no; lo único que esto me demuestra a mí es el intrépido valor y la honradez del cronista, que sabía qué arma iba a proporcionar a sus enemigos.
Mucha gente protesta porque el nuevo mundo, tal como nos es descrito, es demasiado material, pues no es así como lo conciben. Muy bien, pero en este mundo existen muchas cosas que no armonizan con nuestros deseos y no por ello dejan de existir. Cuando llegamos a examinar esta acusación de materialismo, que se hace al Espiritismo, y tratamos de construir un sistema que pudiera satisfacer a los idealistas, la tarea no resulta nada fácil. ¿Deberemos ser simples formas etéreas que flotan en el aire? Esto podría ser una alternativa. No obstante, si los Espíritus abandonaran en la vida futura la figura de su cuerpo mortal, su individualidad terrestre, ¿cuál sería la forma que adoptarían? Pues, ¿cuál sería la impresión de una madre a la que se le apareciese un ser impersonal e informe? Diría: "Ese no es el hijo que yo he perdido. Yo quiero sus cabellos de oro, su sonrisa vivaz y sus actitudes que me son tan familiares". Esto es lo que ella quiere, y lo que encontrará, a mi juicio; pero no mediante algo que nos suprima todo lo que nos quede de materia y nos conduzca a una vaga región vaporosa.
Por el contrario, otra escuela de críticos objeta que en la vida futura así descrita las sensaciones son demasiado rudas, las emociones muy fuertes y el ambiente excesivamente consistente; sobre todo si se tiene en cuenta que unas y otro están formados de elementos diáfanos por excelencia. Pero no olvidemos que todo es cuestión de comparación.
Supongámonos un mundo mil veces más denso, más pesado y más oscuro que el nuestro. Cabe admitir que a sus habitantes les parecería exactamente igual que a nosotros nos parece el nuestro, puesto que su fuerza y su contextura serían proporcionadas. Si estos individuos, no obstante, se hallaran en contacto con nosotros, nos considerarían seres extraordinariamente vaporosos, viviendo en una atmósfera extrañamente luminosa y espiritual. No se darían cuenta de que también nosotros, por hallamos perfectamente adaptados a lo que nos rodea, sentíamos y obrábamos según las mismas leyes que ellos.
Si ahora volvemos al Más Allá que nos domina tanto como nosotros dominaríamos al mundo imaginario de que acabo de hablar, igualmente nos parecerá que estos Espíritus -como nosotros los llamamos- viven como fantasmas en una atmósfera de vapor.

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