La Nueva Revelación. El Espiritismo (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Debe advertirse que a cada uno de estos fenómenos se lo presenta como un hecho aislado y que de este modo los lectores no pueden hacerse una idea de la fuerza de las pruebas acumuladas. En el caso especial del refugio Cheritón, los hechos son los siguientes:
El señor Jaques, juez de paz, que residía en Embrook House (Cheritón), cerca de Folkestone, hizo excavar frente a su casa un refugio contra los ataques aéreos. Conviene manifestar que su casa era muy antigua, pues parte de ella procedía de una congregación religiosa del siglo 14. El refugio fue construido al pie de un pequeño peñasco, y el subsuelo era de arenisca. Este trabajo había sido confiado a un contratista llamado Rolfe, que se hizo ayudar por un obrero. Poco después de haberse puesto a la tarea, éste fue estorbado por proyecciones de arena que le apagaban continuamente la luz o le daban en pleno rostro. Al principio creyó que había que atribuir esos fenómenos a escapes de gas o a la electricidad; pero se hicieron tan frecuentes, que su tarea se vio seriamente perturbada, por lo que se quejó al señor Jaques, quien escuchó la narración con la más absoluta incredulidad. Sin embargo, los acontecimientos proseguían y aumentaban en intensidad. Ahora se trataba ya de soplos de viento lo bastante fuertes para levantar piedras y pedazos de ladrillos, que pasaban por delante del señor Rolfe y golpeaban violentamente el muro. El señor Rolfe, sin dejar de pensar en una explicación física de estos hechos, acudió a visitar al señor Hesketh, ingeniero electricista de la ciudad este, hombre instruido y de una inteligencia superior a la común, acudió al lugar de los hechos y vio lo suficiente para convencerse de que el fenómeno era real y completamente inexplicable por las leyes ordinarias. Un soldado canadiense que se hallaba alojado en la casa del señor Rolfe oyó referir lo que le pasaba a su huésped, y luego de «
haber emitido la opinión de que este último tenía una araña en el techo" (sic), visitó el refugio, en el que se produjeron los fenómenos en cuestión con tal fuerza, que huyó presa de terror. La mujer encargada de la casa comprobó también que los ladrillos se movían sin que nadie los tocara. El señor Jaques, cuya incredulidad había ido desapareciendo poco a poco ante la evidencia, se dirigió solo al refugio en una ocasión en que no había nadie.

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