El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-Desde luego que no -respondí con brusquedad-. Mi organismo aún no se ha recuperado de la campaña de Afganistán y no puedo permitirme someterlo a más presiones.
Mi vehemencia le hizo sonreír.
-Tal vez tenga razón, Watson -dijo-. Supongo que su efecto físico es malo. Sin embargo, la encuentro tan trascendentalmente estimulante y esclarecedora para la mente que ese efecto secundario tiene poca importancia.
-¡Pero piense en ello! -dije yo con ardor-. ¡Calcule lo que le cuesta! Es posible que, como usted dice, le estimule y aclare el cerebro, pero se trata de un proceso patológico y morboso, que va alterando cada vez más los tejidos y puede acabar dejándole con debilidad permanente. Y además, ya sabe qué mala reacción le provoca. La verdad es que la ganancia no compensa la inversión. ¿Por qué tiene que arriesgarse, por un simple placer momentáneo, a perder esas grandes facultades de las que ha sido dotado? Recuerde que no le hablo sólo de camarada a camarada, sino como médico a una persona de cuya condición física es, en cierto modo, responsable.
No pareció ofendido. Por el contrario, juntó las puntas de los dedos y apoyó los codos en los brazos de la butaca, como si disfrutara con la conversación.
-Mi mente -dijo- se rebela contra el estancamiento. Deme problemas, deme trabajo, deme el criptograma más abstruso o el análisis más intrincado, y me sentiré en mi ambiente. Entonces podré prescindir de estímulos artificiales. Pero me horroriza la aburrida rutina de la existencia. Tengo ansias de exaltación mental. Por eso elegí mi profesión, o, mejor dicho, la inventé, puesto que soy el único del mundo.
-¿El único investigador particular? -dije yo, alzando las cejas.
-El único investigador particular con consulta -replicó-. En el campo de la investigación, soy el último y el más alto tribunal de apelación. Cada vez que Gregson, o Lestrade, o Athelney Jones se encuentran desorientados (que, por cierto, es su estado normal), me plantean a mí el asunto. Yo examino los datos en calidad de experto y emito una opinión de especialista.
En estos casos no reclamo ningún crédito. Mi nombre no aparece en los periódicos. Mi mayor recompensa es el trabajo mismo, el placer de encontrar un campo al que aplicar mis facultades. Pero usted ya ha tenido ocasión de observar mis métodos de trabajo en el caso de Jefferson Hope.

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