El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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¿Tendría la amabilidad de darme su opinión sobre el carácter y las costumbres de su antiguo propietario?
Le entregué el reloj con un ligero sentimiento interno de regocijo, ya que, en mi opinión, la prueba era imposible de superar y con ella me proponía darle una lección ante el tono algo dogmático que adoptaba de vez en cuando. Holmes sopesó el reloj en la mano, observó atentamente la esfera, abrió la tapa posterior y examinó el engranaje, primero a simple vista y luego con ayuda de una potente lupa. No pude evitar sonreír al ver su expresión abatida cuando, por fin, cerró la tapa y me lo devolvió.
-Apenas hay ningún dato -dijo-. Este reloj lo han limpiado hace poco, lo cual me priva de los indicios más sugerentes.
-Tiene razón -respondí-. Lo limpiaron antes de enviármelo.
En mi fuero interno, acusé a mi compañero de esgrimir una excusa de lo más floja e impotente para justificar su fracaso. ¿Qué datos había esperado encontrar aunque el reloj no hubiera estado limpio?
-Pero aunque no sea satisfactoria, mi investigación no ha sido del todo estéril -comentó, dirigiendo hacia el techo la mirada de sus ojos soñadores e inexpresivos-. Salvo que usted me corrija, yo diría que el reloj perteneció a su hermano mayor, que a su vez lo heredó de su padre.
-Supongo que eso lo ha deducido de las iniciales H.W. grabadas al dorso.
-En efecto. La W sugiere su apellido. La fecha del reloj es de hace casi cincuenta años, y las iniciales son tan antiguas como el reloj. Por lo tanto, se fabricó en la generación anterior. Estas joyas suele heredarlas el hijo mayor, y es bastante probable que éste se llame igual que el padre. Si no recuerdo mal, su padre falleció hace muchos años. Por lo tanto, el reloj ha estado en manos de su hermano mayor.
-Hasta ahora, bien -dije yo-. ¿Algo más?
-Era un hombre de costumbres desordenadas..., muy sucio y descuidado. Tenía buenas perspectivas, pero desaprovechó las oportunidades, vivió algún tiempo en la pobreza, con breves intervalos ocasionales de prosperidad, y por último se dio a la bebida y murió. Eso es todo lo que puedo sacar.
Me puse en pie de un salto y renqueé impaciente por la habitación, enormemente indignado.
-Esto es indigno de usted, Holmes -dije-. Jamás habría creído que caería usted tan bajo.

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