El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Por último, le ruego que mire la chapa interior, donde está el agujero para dar cuerda. Fíjese en que hay miles de rayas alrededor del agujero, causadas al resbalar la llave de la cuerda. ¿Cree que la llave de un hombre sobrio dejaría todas esas marcas? Sin embargo, nunca faltan en el reloj de un borracho. Le daba cuerda por la noche y dejó la marca de su mano temblorosa. ¿Qué misterio hay en todo esto?
-Está tan claro como la luz del día -respondí-. Lamento haber sido injusto con usted. Debí haber tenido más fe en sus maravillosas facultades. ¿Puedo preguntarle si en estos momentos tiene entre manos alguna investigación profesional?
-Ninguna. De ahí lo de la cocaína. No puedo vivir sin hacer trabajar el cerebro. ¿Qué otra razón hay para vivir? Mire por esa ventana. ¿Alguna vez ha sido el mundo tan lúgubre, triste e improductivo? Mire esa niebla amarilla que hace remolinos por la calle y se desliza ante esas casas grises. ¿Puede haber algo más desesperantemente prosaico y material? ¿De qué sirve tener talento, doctor, si no se tiene campo en el que aplicarlo? Los delitos son vulgares, la existencia es vulgar, y en este mundo no hay sitio para lo que se salga de la vulgaridad.
Abrí la boca para responder a su diatriba, pero en aquel momento, tras dar unos golpecitos en la puerta, entró nuestra casera, que traía una tarjeta en una bandeja de latón.
-Una señorita pregunta por usted, señor -dijo, dirigiéndose a mi compañero.
-Miss Mary Morstan -leyó éste-. ¡Hum! No me suena de nada el nombre. Diga a la señorita que suba, señora Hudson. No se vaya, doctor. Prefiero que se quede.
Capítulo II La exposición del caso
La señorita Morstan entró en la habitación con paso firme y porte airoso. Era una joven rubia, menuda, delicada, con guantes en las manos y vestida con el gusto más exquisito. No obstante, la discreción y sencillez de sus ropas parecían indicar unos recursos económicos limitados. El vestido era de color pardo grisáceo tirando a oscuro, sin cintas ni adornos, y llevaba un pequeño turbante del mismo tono apagado, alegrado tan sólo por un vestigio de pluma blanca en un costado. Su rostro no tenía facciones regulares ni una complexión hermosa, pero su expresión era dulce y amistosa, y sus grandes ojos azules resultaban particularmente espirituales y atractivos.

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