El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

Página 9 de 107

A pesar de que mi experiencia con las mujeres abarcaba muchas naciones y tres continentes distintos, yo jamás había visto un rostro que ofreciera tan claros indicios de un carácter refinado y sensible. No pude evitar fijarme en que, al sentarse en el asiento que Sherlock Holmes le acercó, sus labios temblaban, sus manos se estremecían y todo en ella indicaba una fuerte agitación interna.
-He acudido a usted, señor Holmes -dijo-, porque en cierta ocasión ayudó a la señora de Cecil Forrester, para la que yo trabajaba, a resolver una pequeña complicación doméstica. Quedó muy impresionada por su amabilidad y talento.
-La señora de Cecil Forrester... -repitió Holmes, pensativo-. Sí, creo que le presté un pequeño servicio. Pero me parece recordar que se trataba de un caso realmente sencillo.
-A ella no se lo pareció. Pero del mío, por lo menos, no podrá usted decir lo mismo. Me cuesta imaginar algo más extraño y absolutamente inexplicable que la situación en que me encuentro.
Holmes se frotó las manos y sus ojos se iluminaron. Se inclinó hacia delante en su butaca, con una expresión de absoluta concentración en sus facciones marcadas y aguileñas.
-Exponga su caso.
Me pareció que mi presencia resultaba embarazosa.
-Estoy seguro de que sabrán disculparme -dije, levantándome de mi asiento.
Ante mi sorpresa, la joven levantó una mano enguantada para detenerme.
-Si su amigo tiene la bondad de quedarse -dijo-, me prestará un servicio inestimable.
Me dejé caer de nuevo en mi asiento.
-En pocas palabras -continuó-, los hechos son los siguientes: mi padre era oficial en un regimiento de la India, y me envió a Inglaterra cuando yo era niña. Mi madre había fallecido y yo no tenía ningún pariente aquí, pero me ingresaron en un cómodo internado de Edimburgo, donde permanecí hasta que cumplí diecisiete años. En 1878, mi padre, que era el capitán más antiguo de su regimiento, consiguió un permiso de doce meses y volvió a Inglaterra. Me puso un telegrama desde Londres, diciendo que había llegado sin contratiempos y pidiéndome que fuera a verlo cuanto antes, dando como dirección el hotel Langham. Su mensaje, tal como yo lo recuerdo, rebosaba amor y cariño. En cuanto llegué a Londres me dirigí al Langham, y allí me dijeron que el capitán Morstan se alojaba allí, pero que había salido la noche anterior y no había regresado.

Página 9 de 107
 

Paginas:
Grupo de Paginas:         

Compartir:




Diccionario: