El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Apenas habíamos llegado a la tercera columna, lugar de nuestra cita, cuando nos abordó un hombre menudo, moreno y ágil, vestido de cochero.
-¿Son ustedes las personas que vienen con la señorita Morstan? - preguntó.
-Yo soy la señorita Morstan, y estos dos caballeros son amigos míos - dijo ella.
El hombre nos miró de refilón, con ojos increíblemente penetrantes e inquisitivos.
-Tendrá que perdonarme, señorita -dijo con cierto tono obstinado-, pero tengo que pedirle que me dé su palabra de que ninguno de sus acompañantes es agente de policía.
-Le doy mi palabra -respondió ella.
El hombre emitió un agudo silbido y, en respuesta al mismo, un golfillo acercó un coche de cuatro ruedas y abrió la puerta. Nuestro interlocutor subió al pescante, mientras nosotros nos acomodábamos dentro. Apenas nos habíamos sentado, cuando el cochero fustigó al caballo y partimos a toda velocidad por las calles cubiertas de espesa niebla.
Era una situación curiosa. Nos dirigíamos a un lugar desconocido con una misión desconocida. O bien la invitación era una completa burla -hipótesis que resultaba inconcebible-, o bien teníamos buenas razones para pensar que de aquel trayecto podían depender cuestiones muy importantes. La actitud de la señorita Morstan era tan decidida y serena como siempre. Me propuse animarla y entretenerla con anécdotas de mis aventuras en Afganistán; pero, a decir verdad, yo mismo estaba tan excitado por la situación y sentía tanta curiosidad por conocer nuestro destino, que mis relatos se embarullaron un poco. En el día de hoy, ella todavía sigue insistiendo en que le conté una emocionante historia en la que una escopeta se asomó a mi tienda en mitad de la noche, y yo le disparé con un cachorro de tigre de dos cañones.
Al principio, tenía cierta idea de la dirección en la que íbamos, pero con la velocidad que llevábamos, la niebla y mi limitado conocimiento de Londres, no tardé en desorientarme y ya no supe nada más, excepto que parecía que íbamos muy lejos. En cambio, Sherlock Holmes no se despistó ni una vez, e iba musitando los nombres a medida que el coche atravesaba plazas y se internaba por tortuosas callejuelas.
-Rochester Road -decía-. Y ahora, Vincent Square. Ahora saldremos a la calle del puente de Vauxhall. Parece que vamos hacia la parte de Surrey. Sí, lo que yo decía. Ya estamos en el puente.

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