El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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La señorita Morstan se sentó, completamente pálida.
-Siempre tuve la corazonada de que había fallecido -dijo.
-Puedo darle toda la información al respecto -dijo él-. Y lo que es más, puedo hacerle justicia. Y lo haré, diga lo que diga mi hermano Bartholomew. Me alegro de que hayan venido sus amigos, no sólo para escoltarla, sino también para que sean testigos de lo que me dispongo a hacer y decir. Entre los tres podremos hacer frente a mi hermano Bartholomew. Pero que no intervengan extraños. Ni policías ni funcionarios. Podemos arreglarlo todo perfectamente entre nosotros, sin ninguna interferencia. Nada molestaría tanto a mi hermano Bartholomew como la publicidad.
Se sentó en un canapé bajo y nos miró inquisitivamente, sin dejar de guiñar sus ojos azules, miopes y acuosos.
-Por mi parte -dijo Holmes-, lo que usted vaya a decirnos quedará entre nosotros.
Yo asentí para mostrar mi conformidad.
-¡Perfecto! ¡Perfecto! -dijo Sholto-. ¿Le apetece un vaso de chianti, señorita Morstan? ¿O de tokay? No tengo ninguna otra clase de vino. ¿Quiere que abra una botella? ¿No? Muy bien. Confío en que no pondrá objeciones al tabaco, al balsámico olor del tabaco oriental. Estoy un poco nervioso y mi hookah es para mí un sedante maravilloso.
Aplicó una cerilla a la gran cazoleta de la pipa, y el humo burbujeó alegremente a través del agua de rosas. Los tres nos sentamos en semicírculo, adelantando la cabeza y apoyando la barbilla en las manos, mientras el extraño y tembloroso hombrecillo de cráneo alto y reluciente aspiraba inquietas bocanadas en el centro.
-Cuando decidí comunicarle todo esto -dijo-, podría haberle dado mi dirección desde un principio, pero tuve miedo de que no hiciera caso de mis condiciones y trajera con usted gente desagradable. Así pues, me tomé la libertad de concertar una cita de manera que mi sirviente Williams pudiera verlos antes. Tengo completa confianza en su discreción y le ordené que, si no quedaba satisfecho, no siguiera adelante. Tendrá que perdonarme estas precauciones, pero soy hombre de costumbres reservadas, e incluso podría decir de gustos refinados, y no hay nada tan antiestético como un policía. Me repugnan por naturaleza todas las manifestaciones de burdo materialismo. Casi nunca entro en contacto con la masa vulgar. Vivo, como usted ve, rodeado de una cierta atmósfera de elegancia. Podríamos decir que soy un mecenas de las artes.

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