El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Vosotros, hijos míos, le daréis una parte justa del tesoro de Agra. Pero no le enviéis nada, ni siquiera la diadema, hasta que yo haya muerto. Al fin y al cabo, hay quien ha estado tan mal como yo y se ha recuperado.
»Voy a contaros cómo murió Morstan -continuó-. Llevaba años enfermo del corazón, pero no se lo había dicho a nadie. Yo era el único que lo sabía. Cuando él y yo estábamos en la India, por una extraña serie de acontecimientos, llegó a nuestro poder un importante tesoro. Yo me lo traje a Inglaterra, y cuando llegó Morstan, aquella misma noche vino derecho aquí a reclamar su parte. Vino andando desde la estación y le abrió la puerta el viejo y leal Lal Chowdar, que en paz descanse. Morstan y yo tuvimos una diferencia de opiniones sobre el reparto del tesoro y nos cruzamos palabras muy fuertes. En un ataque de ira, Morstan se puso en pie de un salto y, de pronto, se llevó la mano al costado, se le oscureció el rostro y cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra la esquina del cofre del tesoro. Cuando me incliné sobre él, descubrí horrorizado que había muerto.
»Me quedé mucho tiempo sentado y medio atontado, preguntándome qué podía hacer. Naturalmente, mi primer impulso fue pedir ayuda; pero me daba perfecta cuenta de que era muy probable que me acusaran de asesinato. El que hubiera muerto durante una disputa y la herida que tenía en la cabeza eran indicios muy graves en mí contra. Por otra parte, era imposible realizar una investigación oficial sin que saliera a relucir la historia del tesoro, que yo estaba firmemente decidido a mantener en secreto. El me había dicho que nadie en el mundo sabía dónde había ido. Me pareció que no había ninguna necesidad de que alguien lo supiera jamás.
»Todavía seguía dándole vueltas al asunto cuando levanté la mirada y vi a mi sirviente Lal Chowdar en el umbral de la puerta. Entró con sigilo y cerró la puerta con pestillo. "No tema, sahib -dijo-. Nadie tiene por qué saber que usted lo ha matado. Esconderemos el cadáver y ¿quién va a enterarse?".
"Yo no lo maté", dije. Lal Chowdar meneó la cabeza y sonrió. "Lo he oído todo, sahib -dijo-. Oí la pelea y oí el golpe. Pero mis labios están sellados. Todos están dormidos en la casa.

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