El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Lo sacaremos entre los dos". Aquello bastó para decidirme. Si mi propio sirviente era incapaz de creer en mi inocencia, ¿cómo podía esperar que me creyeran doce estúpidos tenderos formando parte de un jurado? Aquella misma noche, Lal Chowdar y yo nos deshicimos del cadáver y a los pocos días todos los periódicos de Londres hablaban de la misteriosa desaparición del capitán Morstan. Os cuento todo esto para que veáis que no fue culpa mía. Sí soy culpable en cambio de haber escondido no sólo el cadáver sino también el tesoro, y de haberme quedado con la parte de Morstan, además de la mía. Por eso quiero que vosotros os encarguéis de reparar mi falta. Acercad el oído a mi boca. El tesoro está escondido en...
»En aquel instante, su rostro sufrió una horrible transformación. Se le desorbitaron los ojos, se le desencajó la mandíbula y gritó, con una voz que jamás podré olvidar: "¡No le dejéis entrar! ¡Por amor de Dios, no le dejéis entrar! ". Los dos nos volvimos hacia la ventana que teníamos a la espalda, en la que nuestro padre tenía clavada la mirada. Una cara nos miraba desde la oscuridad. Pudimos ver su nariz blanqueada al aplastarse contra el cristal. Era un rostro barbudo, con ojos feroces y crueles y una expresión de maldad concentrada. Mi hermano y yo corrimos hacia la ventana, pero el hombre había desaparecido. Cuando regresamos junto a nuestro padre, su cabeza se había desplomado y su pulso había dejado de latir.
»Aquella noche registramos el jardín sin encontrar ni rastro del intruso, exceptuando una única pisada bajo la ventana, en un macizo de flores. De no ser por aquella huella, habríamos podido pensar que aquel rostro feroz era un producto de nuestra imaginación. Sin embargo, pronto tuvimos una nueva y contundente prueba de que alguna fuerza secreta actuaba a nuestro alrededor. Por la mañana encontramos abierta la ventana de la habitación de nuestro padre; habían revuelto todos sus armarios y cajones, y le habían prendido al pecho un papel arrugado, con las palabras "El signo de los cuatro". jamás supimos lo que significaba aquella frase, ni quién podía haber sido nuestro misterioso visitante. Por lo que pudimos apreciar, no había robado ninguna de las pertenencias de nuestro padre, aunque lo había revuelto todo. Naturalmente, mi hermano y yo relacionamos este curioso incidente con el miedo que había atormentado a nuestro padre cuando estaba vivo; pero sigue siendo un completo misterio para nosotros.

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