El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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El hombrecillo se inclinó para volver a encender su hookah y estuvo unos momentos dando chupadas, con expresión pensativa. Todos habíamos quedado absortos escuchando aquel extraordinario relato. Durante la breve descripción de la muerte de su padre, la señorita Morstan se había puesto pálida como un cadáver, y por un momento temí que fuera a desmayarse. Sin embargo, se recuperó bebiendo un vaso de agua que yo le serví de una garrafa veneciana que había en una mesita. Sherlock Holmes estaba echado hacia atrás en su asiento, con expresión abstraída y los párpados medio cerrados sobre sus ojos relucientes. Al mirarlo no pude evitar acordarme de que aquel mismo día se había estado quejando de las vulgaridades de la vida. Por lo menos, aquí tenía un problema capaz de poner a prueba toda su sagacidad. El señor Thaddeus Sholto nos miró a todos, visiblemente orgulloso del efecto que había producido su relato, y continuó, entre chupada y chupada a su voluminosa pipa:
-Como podrán suponer -dijo-, mi hermano y yo estábamos excitadísimos por aquel tesoro del que nos había hablado nuestro padre. Durante semanas y meses, cavamos y registramos en todos los rincones del jardín y de la casa sin localizar el escondrijo. Era como para volverse loco, pensar que lo tenía en la punta de la lengua en el mismo instante de morir. La diadema que nos había enseñado daba idea del esplendor de las riquezas ocultas. Mi hermano Bartholomew y yo tuvimos algunas discusiones acerca de aquella diadema. Era evidente que las perlas tenían muchísimo valor, y él se resistía a desprenderse de ellas, porque, aquí entre nosotros, también mi hermano tiene cierta tendencia al pecado de mi padre. Además, creía que entregar la diadema podría dar lugar a habladurías que, al final, nos meterían en apuros. Lo más que pude hacer fue convencerle de que me permitiera averiguar la dirección de la señorita Morstan y enviarle las perlas una a una, a intervalos fijos, para que, al menos, nunca más pasara necesidades.
-Fue una idea muy generosa -dijo nuestra acompañante, emocionada-. Ha sido usted muy amable.
El hombrecillo agitó la mano en señal de negativa.
-Nosotros éramos como sus albaceas -dijo-. Así es como lo veía yo, aunque mi hermano Bartholomew no acababa de estar de acuerdo. Nosotros teníamos ya mucho dinero; yo no deseaba más. Además, habría sido de muy mal gusto tratar a una joven de manera tan mezquina.

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