El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Entre otras cosas, descubrió que la altura del edificio era de setenta y cuatro pies, pero que sumando las alturas de todas las habitaciones y dejando margen suficiente para los espacios entre ellas, que verificó haciendo calas, el total no pasaba de setenta pies. Faltaban cuatro pies por alguna parte. Sólo podían estar en lo alto del edificio; así que abrió un agujero en el techo de yeso de la habitación más alta y allí, efectivamente, encontró un pequeño desván, completamente tapiado, que nadie conocía. En el centro estaba el cofre del tesoro, colocado sobre dos vigas. Lo descolgó a través del agujero y allí lo tiene. Ha calculado el valor de las joyas en medio millón de libras esterlinas, como mínimo.
Al oír aquella gigantesca cifra, todos nos miramos con ojos desorbitados. Si podíamos hacer valer sus derechos, la señorita Morstan dejaría de ser una humilde institutriz para convertirse en la heredera más rica de Inglaterra. Cualquier amigo leal habría tenido que alegrarse ante semejante noticia, pero confieso avergonzado que me dejé vencer por el egoísmo y sentí que el corazón me pesaba como si fuera de plomo. Balbuceé unas cuantas y entrecortadas palabras de felicitación y me quedé abatido, con la cabeza gacha, sordo al parloteo de nuestro nuevo amigo. Decididamente, el hombre era un hipocondríaco sin remedio, y yo era vagamente consciente de que iba enumerando interminables series de síntomas y suplicando información acerca de la composición y efectos de innumerables potingues de charlatán, varios de los cuales llevaba en el bolsillo, en un estuche de cuero. Confío en que no recuerdo ninguna de las respuestas que le di aquella noche. Holmes asegura que me oyó advertirle del gran peligro que supone tomar más de dos gotas de aceite de ricino, y que le recomendé estricnina en grandes dosis como sedante. Sea lo que fuere, lo cierto es que sentí un gran alivio cuando nuestro coche se detuvo con una sacudida y el cochero saltó a tierra para abrirnos la puerta.
-Esto, señorita Morstan, es el Pabellón Pondicherry -dijo Thaddeus Sholto mientras le ofrecía la mano para bajar.
Capítulo V La tragedia del Pabellón Pondicherry
Eran casi las once de la noche cuando llegamos a esta etapa final de nuestra aventura nocturna. Habíamos dejado atrás la niebla húmeda de la ciudad y hacía bastante buena noche. Soplaba un viento cálido del Oeste, y por el cielo se desplazaban densas nubes, entre cuyas aberturas asomaba de vez en cuando la media luna.

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