El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

Página 27 de 107

Había bastante claridad como para ver a cierta distancia, pero Thaddeus Sholto descolgó uno de los faroles laterales del carruaje para iluminar mejor nuestro camino.
El Pabellón Pondicherry se alzaba en terreno propio, rodeado por una tapia de piedra muy alta y rematada con cristales rotos. La única vía de entrada era una puerta estrecha con refuerzos de hierro. Nuestro guía llamó a esta puerta con un típico toc-toc como el de los carteros.
-¿Quién es? -gritó desde dentro una voz ronca.
-Soy yo, McMurdo. Ya deberías conocer mi llamada.
Oímos una especie de gruñido y el tintineo y rechinar de llaves. La puerta se abrió con dificultad hacia dentro y un hombre bajo y ancho de pecho apareció en el hueco; la luz amarillenta del farol caía sobre su rostro de facciones prominentes, haciéndole guiñar los ojos desconfiados.
-¿Es usted, señor Thaddeus? ¿Pero quiénes son esos otros? El señor no me ha dicho nada de ellos.
-¿Cómo que no, McMurdo? Me sorprendes. Anoche le dije a mi hermano que traería unos amigos.
-No ha salido de su habitación en todo el día, señor Thaddeus, y no me ha dado instrucciones. Usted sabe muy bien que debo atenerme a las normas. Puedo dejarle entrar a usted, pero sus amigos tienen que quedarse donde están.
Aquél era un obstáculo inesperado. Thaddeus Sholto miró a su alrededor con aire perplejo e indefenso.
-Esto no puede ser, McMurdo -dijo-. Si yo respondo de ellos, con eso debe bastarte. ¿Y qué me dices de la señorita? No puede quedarse esperando en la carretera a estas horas.
-Lo siento mucho, señor Thaddeus -dijo el portero, inexorable-.Esta gente pueden ser amigos suyos y no serlo del señor. Él me paga bien para que cumpla mi tarea, y yo cumplo mi tarea. No conozco a ninguno de sus amigos.
-Sí que conoce a alguno, McMurdo -exclamó Sherlock Holmes jovialmente-. No creo que se haya olvidado de mí. ¿No se acuerda del aficionado que peleó tres asaltos con usted en los salones Alison la noche de su homenaje, hace cuatro años?
-¡No será usted Sherlock Holmes! -rugió el boxeador-. ¡Válgame Dios! ¡Mira que no reconocerle! Si en lugar de quedarse ahí tan callado se hubiera adelantado para atizarme aquel gancho suyo en la mandíbula, le habría conocido a la primera. ¡Ah, usted sí que ha desaprovechado su talento! Habría podido llegar muy alto si hubiera puesto ganas.

Página 27 de 107
 

Paginas:
Grupo de Paginas:         

Compartir:




Diccionario: