El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-Ya lo ve, Watson, si todo lo demás me falla, aún tengo abierta una de las profesiones científicas -dijo Holmes, echándose a reír-. Estoy seguro de que nuestro amigo no nos dejará ahora a la intemperie.
-Pase, señor, pase... usted y sus amigos -respondió el portero-. Lo siento mucho, señor Thaddeus, pero las órdenes son muy estrictas. Tenía que asegurarme de quiénes eran sus amigos antes de dejarlos entrar.
Una vez dentro, un sendero de grava serpenteaba a través de un terreno desolado hacia la enorme mole de una casa cuadrada y prosaica, toda sumida en sombras excepto una esquina, donde un rayo de luna se reflejaba en la ventana de una buhardilla. El enorme tamaño del edificio, con su aspecto lóbrego y su silencio mortal, helaba el corazón. Hasta Thaddeus Sholto parecía sentirse incómodo, y el farol temblaba estrepitosamente en su mano.
-No lo entiendo -dijo-. Tiene que haber algún error. Le dije bien claro a Bartholomew que vendríamos, pero no hay luz en su ventana. No sé qué pensar.
-¿Siempre tiene la casa así de bien guardada? -preguntó Holmes.
-Sí, ha seguido la costumbre de mi padre. Era el hijo favorito, ¿sabe usted?, y a veces pienso que es posible que mi padre le dijera a él cosas que no me dijo a mí. Aquella de arriba es la ventana de Bartholomew, donde cae la luz de la luna. Brilla mucho, pero me parece que dentro no hay luz.
-No, nada -dijo Holmes-. Pero sí que se ve brillar una luz en aquella ventanita, al lado de la puerta.
-Ah, ésa es la habitación del ama de llaves. Allí vive la anciana señora Bernstone. Ella podrá informarnos. Pero tal vez lo mejor sea que esperen ustedes aquí un par de minutos, porque si entramos todos juntos y ella no está enterada de que veníamos, puede asustarse. Pero... ¡silencio! ¿Qué es eso?
Levantó el farol y su mano se puso a temblar hasta que los círculos de luz empezaron a dar vueltas y parpadeos en torno nuestro. La señorita Morstan me agarró de la muñeca y todos nos quedamos inmóviles, con el corazón palpitando con furia y el oído aguzado. Desde el gran caserón negro, atravesando el silencio de la noche, nos llegaba el sonido más triste y lastimero que existe: los sollozos agudos y entrecortados de una mujer aterrorizada.

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